LA VIRGEN MARÍA                                                               

 

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Y EL ANTIGUO TESTAMENTO por Camilo Valverde Mudarra

MARÍA, PROFETIZADA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Enciclopedia Católica

MARÍA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO por el R.P. Antonio Rivero, L.C.

LA VIRGEN MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO por Camilo Valverde Mudarra

LA VIRGEN EN EL CALENDARIO LITÚRGICO: CELEBRACIONES Y DEVOCIONES

EL SANTO ROSARIO

BENEFICIOS DEL ROSARIO

LAS VIRTUDES Y LOS MISTERIOS DEL ROSARIO

LAS QUINCE PROMESAS DE LA VIRGEN MARIA A QUIENES RECEN EL ROSARIO

DOCUMENTOS PONTIFICIOS MARIANOS:

 

ACLARACIONES PARA LOS HERMANOS SEPARADOS: LOS CATÓLICOS Y LA VIRGEN MARÍA

EL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

FIESTA DE LA VIRGEN DEL SANTO ROSARIO

LA VIRGEN DE GUADALUPE

SANTO ROSARIO  (Beato Juan XXIII)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Y EL ANTIGUO TESTAMENTO

por Camilo Valverde Mudarra

 

Encontramos, en el A. T., tres textos que hacen referencia a la mujer, la Santísima Virgen: Uno, la mujer, la descendencia de Eva traerá la Redención: Gn 3,15; otro, la virgen está encinta: Is 7,14; y el tercero, la mujer, dará a luz al que ha de reinar en Israel: Is 7.14; Miq 5,l-4.

A-. LA DESCENDENCIA DE EVA: 

"Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya, esta te aplastará la cabeza y tú le morderás a ella el calcañal" (Gn 3,15).

Los estudiosos han denominado estas palabras del Génesis con el nombre de "Protoevangelio'". Es este un texto profético y simbólico, en que la enemistad señalada por Yahvé es de orden moral. La serpiente representa a un ser racional, el demonio, que adopta la imagen del reptil. El linaje de la mujer prefigura el género humano, la humanidad y la de la repugnante serpiente, el ejército demoníaco. En sentido literal, histórico, la mujer es Eva; y, en el sentido pleno, espiritual y simbólico, es María. 

El término mujer no puede ser aplicado sólo María en sentido literal, estricto, puesto que una palabra en el mismo contexto ha de interpretarse en el mismo sentido, a no ser que haya razones evidentes en contra. Digamos que en todo el cap. 3 del Génesis la palabra "mujer" se refiere siempre a Eva. Por tanto, también en 3,15 ha de entenderse referido a Eva. De tal mujer de Gn 3,15, la palabra de Dios expresa tres ideas: a) Existirán enemistades entre Eva y la serpiente; b) Habrá enemistades entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente; como también las tendrán el género humano y la caterva de demonios. c) Saldrá victoriosa el linaje de Eva sobre la serpiente. Este linaje es toda la humanidad en sentido literal, como también, de modo eminente, lo es Jesucristo que, con su sacrificio en la cruz, derrota los poderes demoníacos, la fuerza del mal.

No existe, en la Biblia, ningún pasaje que interprete el protoevangelio en sentido mesiánico y mariológico. Por el contrario, tal interpretación se encuentra en los Santos Padres y en la Tradición, como lo señala la bula "ineffabilis" de Pío IX que afirma: "Los Padres y escritores de la Iglesia, al explicar las palabras 'pondré, enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya', enseñan que en esta profecía se indicaba a Jesucristo, Redentor del género humano, y se designaba a su madre la Virgen María". Habría que pensar en una verdad de fe, en la que los Santos Padres representan la tradición como fuente legítima de la verdad revelada.

Se debe apreciar el linaje de Eva desde un doble punto de vista: el concepto de enemistad implica toda la humanidad; y la idea de la victoria definitiva, que será perfecta y absoluta; en esta perspectiva no puede entrañar toda la comunidad humana, puesto que ningún hombre llega a ganar ese triunfo total a las fuerzas del demonio. Solamente la obtienen Cristo y María Santísima. Él, por virtud propia y ella, por pura gracia, por puro privilegio; por esto, la descendencia de Eva es, en sentido literal y estricto, Jesucristo, pero en cuanto hombre y, en consecuencia, el Vencedor, por la Virgen María que, a causa de ser la madre de los descendientes victoriosos, pertenece también y está presente en el protoevangelio en sentido literal implícito o pleno. Entre Jesucristo y María hay un lazo de unión íntima, tanto en la batalla entablada, como en el triunfo obtenido.



B-. LA VIRGEN ESTÁ ENCINTA: 


"Ya la virgen está encinta y da a luz, un niño al que pone el nombre de Emmanuel" (Is 7,14)

Al comprobar, Ajaz, rey de Judá, que Pecaj, rey de Israel y Rasín, rey de Siria, se han coaligado contra él, vuelve sus ojos en busca de ayuda hacia el rey de Asiria. Isías le asegura que deponga el miedo, porque esa coalición no vencerá, no logrará nada contra él, pues el rey de Judá, cuya capital es Jerusalén, la ciudad de Yahvé que es inexpugnable, será invencible. Pecaj y Rasín que se apoyan en sus efectivos humanos, son simplemente "dos tizones humeantes" (7, 4), que se están ya apagando y que sólo sirven para humear y crear alarma, pero no fuego abrasador que destruye. Los dos serán arruinados por las fuerzas asirias. Ajaz, por el contrario, tiene el poder omnímodo de Yahvé, en las manos del cual ha de poner su esperanza, porque "sin fe, no podréis sobrevivir" (7,9). En prueba de su palabra, Isaías le propone a Ajaz elegir un "signo", en la hondura de los abismos o allá arriba en las alburas de los cielos (9,11 ), la resurrección de un muerto o la irrupción de un imprevisible fenómeno atmosférico El rey desdeña la señal ofrecida, Isaías indignado abandona al rey y con aire solemne y amenazante torna su rostro a la casa de David, a todo el pueblo, diciendo:
Escuchad, pues, casa de David. ¿Os parece poco cansar a los hombres que queréis también cansar a Dios? El Señor mismo os dará una señal. Mirad, la Virgen encinta da a luz un hijo al que pondrá el nombre de Ennmanuel" ( 7,14).

El signo propuesto por el profeta y despreciado por el rey, procedía de la gracia y favor divinos, mientras que la señal, que viene ahora, es de castigo y de salvación. El niño, que nacerá, se alimentará de "cuajada y de miel" hasta que alcance el uso de razón (7,15), porque, antes de que llegue a ese estado de razón, la nación será devastada (7,16), las tierras se verán valdías por efecto de la contienda, sólo crecerán zarzas y espinos; la única comida disponible será la de 1os nómadas del desierto, cuajada y miel silvestre. El país será asolado por los asirios, en los que el rey Ajaz se había apoyado. Es esta profecía que luego interpreta San Mateo en sentido mesiánico y mariológico, como hicieron los Santos Padres y los escritores eclesiásticos, que sustentaron su argumento en este texto del primer evangelista, que dice: 

"Todo esto pasó para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta: 'La virgen concebirá y dará a luz un hijo al que pondrá el nombre de Ennmanuel" (Mt 1,22-23).



a) Por el sentido mesiánico: 


Por el hecho de que se le dé el nombre de "Emmanuel" -Dios con nosotros- no es posible deducir que se trate del Mesías. Es algo que sólo se desprende de todos los rasgos estructurales comprendidos en el texto del "libro del Emmanuel" (Is 7-11). Este niño será el que ha de salvar a Israel (8,9-16), luz que ilumina al pueblo en tinieblas (9,1), su futura alegría y esperanza (9,2), cualidades que sólo son aplicables al Mesías:

"Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; sobre sus hombros el imperio y su nombre será: Consejero admirable, Dios fuerte, padre eterno, príncipe de la paz, para ensanchar el imperio, para una paz sin fin, en el trono de David y en su reino; para asentarlo y afirmarlo en el derecho y la justicia, desde ahora y por siempre. El celo del Señor omnipotente hará todo esto" (9,5-6).

Gozará de una singular sabiduría de gobierno; será "Dios fuerte", frase que siempre en el A.T. se refiere a Yahvé (Is 10,21; Jer 32,18), por lo que no es difícil deducir el carácter divino del niño; "padre eterno y príncipe de la paz", puesto que en su reino brillará la justicia, fundamento de la paz:
"Juzgará con justicia a los débiles y con rectitud a los pobres del país... la justicia será el ceñidor de su cintura, la lealtad, el cinturón de su cadera" (11,4-5).

El objetivo fundamental de su misión será implantar la justicia en las naciones (Is 42, 1), evangelizar a los pobres y liberar a todos las oprimidos de la tierra (Is 61,1). Atributos todos que cuadran perfectamente al Mesías, Jesús, el Cristo, Nuestro Redentor:

"El Señor le dará el trono de su padre David, reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin" (Lc 1,32-33).

Un doble aspecto conlleva la señal que dio el profeta: Castigo, Judá será arrasado muy pronto por los asirios en los que buscó alianza. Las aguas caudalosas y torrenciales -el rey de Asiria con todo su poder- inundarán Judá, hasta que todos se ahoguen (Is 8,7-8; 9,8-12). Liberación. La liberación, que se anuncia, llegará por dos vías: Una inmediata y se refiere a la derrota de las tropas de Senaquerib, rey de Asiria, a las mismas puertas de Jerusalén por manos del ángel de Yahvé (2 Re 19,35-37) y otra escatológica, la liberación mesiánica: Judá, la patria del Ennmanuel, la "tierra de Yahvé", no puede permanecer en manos paganas, será definitivamente liberada por Emmanuel. No sólo Judá, sino también Israel, el pueblo entero, tiene que mantener viva la idea del mesianismo, generador de esperanza y de fe, pues Emmanuel vendrá en su ayuda. Del pueblo saqueado y diezmado quedará un "resto", los supervivientes de la casa de Jacob -el padre de las doce tribus- que ya no buscarán más apoyo en los asirios y en ningún poder humano,"se apoyarán con lealtad en Yahvé, el Santo de Israel, el Dios fuerte" (Is 10,20-21)

Sin duda, estos pasajes significan que el verdadero Emmanuel es el Mesías, el "Dios con nosotros", como él mismo dirá: "Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20)


b) Por el sentido mariológico.


Del mismo modo que decimos que Emmanuel es Jesucristo, con al misma razón se pude afirmar que la madre de Emmanuel es María. El término hebreo técnico para designar a cualquier mujer virgen, es betulah. El profeta, sin embargo, emplea almah, palabra que designa a una mujer joven, doncella, soltera, núbil, a la que el derecho supone virgen. La supone y es virgen. Hecho que es corroborado siempre por cada contexto, en que la Biblia usa este vocablo. En Gn 24,16- 43 se aplica a Rebeca antes de casarse con Isaac. En Ex 2.8 se aplica a María la hermana de Moisés, que se quedó siempre soltera. En Cant 6,8 se habla de tres clases de mujeres en el harem del rey. Unas son reinas y estaban casadas can él en legítimo matrimonio, otras son concubinas con las que el rey mantenía relaciones conyugales y las demás eran doncellas -almoth- que no habían cohabitado con el rey. Las Sagradas Escrituras jamás designan, a una mujer casada o a una joven que no sea virgen, con la palabra almah. La tradición siempre ha interpretado la palabra almah con el sentido de virgen. Así lo confirma ya la versión de los LXX que traduce almah por parthenos (virgen en sentido estricto), la peschita lo hace por bethulta ( virgen) y "virgo" en la Vulgata.

Cuando esta joven (almah) sin matrimoniar, queda encinta y da a luz, es porque su concepción ha sido milagrosa, en caso contrario, Isaías estaría ensalzando solemnemente un hecho reprobable, lo cual es inconcebible. Por tanto, si el derecho la supone virgen, la traducción correcta debe ser:"He aquí que la virgen encinta da a luz". A pesar de haber concebido y dado a luz, el profeta la sigue llamando virgen, lo que confirma, tanto en la concepción y como en el parto, la virginidad. Así pues, se desprende de la profecía un sentido literal histórico referido a María, Madre del Mesías. Hay, sin embargo, muchos que hablan más bien de un sentido típico e identifican el Emmanuel con Ezequías: Lo mismo que la madre de Ezequías dio a luz un hijo que garantizaba la supervivencia de la dinastía davídica, así María tiene un hijo que va a reinar para siempre en la casa de David. Y, del mismo modo que el nacimiento de Ezequías tuvo un carácter prodigioso, pues fue anunciado por el profeta como un "signo", así también el nacimiento de Jesús fue más prodigioso aún, al ser concebido por una virgen y por la sola fuerza del Espíritu Santo, sin concurso de varón. De ahí que Abia, la madre del Emmanuel histórico contemporáneo (Ezequías) es figura de una virgen, María, madre del Ennmanuel escatológico, el Cristo. De manera que lo acaecido en tiempos del rey Ajaz, se cumple perfecta y definitivamente en el misterio de la concepción virginal del niño Jesús. Pero, no creemos en la posibilidad de esta interpretación por varias razones: Abia estaba casada con el rey Ajaz, por lo que no puede ser denominada almah, según lo antedicho. Por otra parte, cuando Isaías pronuncia la profecía, Ezequias ya había nacido y, probablemente, tenía dieciocho años. Y, en fin, todo lo que se dice del Enunanuel en los textos antes citados no se puede aplicar a Ezequías que entregó a Senaquerih toda la plata del templo de Yahvé y los tesoros del palacio real (2 Re 18,15), buscó apoyo en Egipto (2 Re 18;21) y no en Yahvé y, cuando Isaías le anuncia su próxima muerte (2 Re 20,2-3), se pone a temblar, como hombre de poca fe.

Presenta una dificultad la interpretación mesiánica y mariana. Aquel signo que se ofrecía parece que tendrá un cumplimiento inmediato y la aparición del Mesías acontece 700 años después, cosa que no podía prever el profeta. A ello, se debe contestar que la profecía, en lo referente al castigo, aconteció con la invasión asiria y respecto a la liberación definitiva se cumplió con el nacimiento del Mesías. El profeta tuvo una visión clara de la primera parte y velada de la segunda. Esto se denomina una visión en ángulo. El profeta y Dios -verdadero autor de la profecía- están situados en el vértice, donde el profeta, con relación a Dios, tiene menos campo visual, ve sólo a corta distancia, cuando los lados del ángulo apenas han comenzado a abrirse, mientras que Dios con su aguda mirada infinita y clarividente, capta todo el contenido que abarcan los dos brazos del ángulo que, abriéndose, se extienden hacia un mayor espacio. Ese devenir, que el profeta no llega a ver, o que entrevé difuso y que, una vez cumplido, nosotros vemos, ahora, después de la revelación, es el sentido literal pleno del texto. Y es el que San Mateo, viendo la profecía perfectamente cumplida en Jesucristo y en María, nos descubre, en ese sentido literal mesiánico y mariano.



C-. DARÁ A LUZ AL QUE HA DE REINAR EN ISRAEL. 


El profeta Miqueas, contemporáneo de Isaías, proclama una profecía mariana semejante a la que tiene Isaías:

"Y tú, Belén de Efrata, la más pequeña entre los clanes de Judá: de ti me saldrá el que ha de reinar en Israel. Sus orígenes vienen de antiguo, de tiempos remotos. Por eso el Señor los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. El se alzará y pastoreará el rebaño con la fortaleza de Yahvé, con la majestad del nombre de Yahvé, su Dios. Vivirán tranquilos porque él extenderá su poder hasta los confines de la tierra. El mismo será la paz" (Miq 5,1-4).

En riesgo de desaparecer, el reino de Judá sufre la amenaza asiria, y Sión está sumergida en un mundo de penas y catástrofes ante el inminente ataque del enemigo. Se cierne irremediable la invasión; el pueblo tiene que pagar ese alto precio por la insensatez de su rey, que se apoyó exclusivamente, sin confiar en Yahvé, en los recursos humanos del extranjero que ahora se torna en enemigo y le trae la ruina. Pero no deben caer en la desesperación, Sión no perecerá, la crisis es pasajera; terminará, cuando la que ha de dar a luz, tenga a su retoño. Ese niño que nacerá reinará en Israel, será el Soberano, el libertador que hará recobrar al pueblo los tiempos gloriosos del rey David, porque no sólo liberará a Judá, el reino del sur, sino también a Israel, reino del norte, para unir lo que nunca debió separarse tras la muerte de Salomón. El reinado de ese niño estará de nuevo integrado por todas las tribus en unión fraternal; los hermanos separados de Israel se unirán para siempre con los del reino de Judá. El profeta habla de un retorno espiritual que desembocará en la unidad moral y religiosa, porque "el poder de Yahvé" asistirá por siempre a este niño.

Todos los enemigos de Israel, que van surgiendo a través de la historia y que serán definitivamente derrotados por el Soberano que surgirá en Belén de Efrata, vienen a estar simbolizados por Asiria. Aquella mujer misteriosa y el niño que dará a luz son María y Jesucristo, el Mesías. Así lo entendió siempre el propio pueblo judío; cuando los Magos preguntaron a Herodes dónde estaba el que ha nacido, rey de los judíos, el rey preguntó a los maestros de la ley por el lugar del nacimiento y ellos le respondieron sin titubeos:

"En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti saldrá un Soberano que será el pastor de su pueblo Israel'" (Mt 2,5-7).

La profecía que cita San Mateo es de Miqueas, quien indica el aspecto material de Belén de Efrata (Gn 35,16), distinta de Belén de Zabulón (Jos 19,15), una ciudad bien pequeña y Mateo, una vez cumplida la profecía, la califica de bien grande, al considerarla desde el punto de vista moral. 

En su evangelio, San Juan también señala la creencia popular de que el Mesías, por su origen davídico, tenía que nacer en Belén ciudad de David, dando a la profecía de Miqueas una interpretación literal, como también lo ha hecho la tradición cristiana de manera unánime: 

"¿No dice la Escritura que el Mesías tiene que venir de la estirpe de David, de Belén, el pueblecito de donde era David?" ( Jn 7,42).

El niño que ha de nacer es una persona real, determinada y concreta, no es un ser ideal y abstracto. Sus caracteres son exclusivamente mesiánicos. Nacerá en Belén; de la estirpe de David; reinará en Israel; el pueblo andará prácticamente errante, hasta que tal rey llegue; cuando venga, el pueblo será definitivamente liberado, terminará el cisma de Israel, reinará sobre el mundo entero y su reinado traerá la paz. Todos estos aspectos de la profecía (Miq 5,1-4) sólo se pueden aplicar a Jesucristo. Y, siendo Cristo el Rey, la que dará a luz es María sin duda alguna, como consecuencia evidente. 

La profecía de Isaías (7,14) viene a ser el mejor comentario a la de Miqueas (5,1-4), dos profetas contemporáneos que se complementan y se explican mutuamente. Uno habla del Emmanuel, Dios con nosotros; el otro del niño que nacerá, Rey, con un poder divino. Uno de la que da a luz y otro de la que ha de dar a luz. Los dos hablan del castigo inminente, los dos se refieren a una liberación próxima tras el castigo y de una liberación remota en los tiempos mesiánicos. Los dos anuncian el reinado universal del Emmanuel y del Rey y los dos celebran la paz que está por llegar; con la venida de esos personajes misteriosos que son identificados con el "Príncipe de la paz", se implantará el Reino de la paz, porque la paz existe en él y se entronca en su ser: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14,27).



D-. RESONANCIAS BÍBLICAS


Leyendo y repasando la Biblia, se hallan otros distintos pasajes del A. T. en los que los Santos Padres, el Magisterio de la Iglesia y los escritores eclesiásticos han podido intuir, de algún modo, una relación con la Santísima Virgen. Usando el método derásico propio del género literario llamado midras (d r s = busca), han indagado en las S. E. y han creído descubrir numerosas referencias marianas que ellos exponen con fines homiléticos, piadosos y espirituales. Pero al no ser expuestas por los hagiógrafos que están inspirados, no se puede decir que tienen sentido mariano propiamente bíblico. Tales pasajes son los siguientes:

Eva. La primara mujer, madre de toda la humanidad según la carne (Gn 3,20), ha sido el origen de la ruina (2 Cor 11,3; 1 Tim 2,14). San Pablo establece, entre Adán y Cristo, la relación que sigue: "Así como el pecado de uno solo (Adán) trajo la condenación de todos, del mismo modo la justicia de uno solo (Cristo) trae a todos la justificación que da la vida" (Rom 5,18). Y, de la manera que "todo hombre muere en Adán, así también todos revivirán en Cristo" (1 Cor 15,22). A partir de estos testimonios bíblicos, los Santos Padres llegaron a establecer la significativa correlación de que Adán viene a ser la imagen tipológica y antitética de Jesús de Nazaret, por lo mismo, Eva representa también a María. Así pues, Eva es la madre carnal y natural y María la madre espiritual de todo el género humano.

El Arca. Las tablas de la ley, las diez leyes fundamentales de la Antigua Alianza, se habían depositado en el arca. La tapa del arca, denominada el propiciatorio, tenía sobre ella dos querubines, uno frente al otro, postrados de rodillas con las alas extendidas y con los ojos puestos en el centro del espacio de la tapa. El arca era de madera noble, incorruptible, y toda recubierta de oro (Ex 37,1-9). Sobre ella se hacía presente la gloria del Señor. María es el Arca de la Alianza Nueva, templo vivo de Dios, arca incorrupta y gloriosa llevada a lo más alto de los cielos.

La tierra virgen. El segundo relato de la creación refiere el tiempo de hacer Yahvé la tierra y el cielo. María es como la tierra del Paraíso, no cultivada por la mano del hombre; tierra incólume, intacta y virginal, surgida por la palabra de Yahvé y acariciada por sus ojos divinos: No había todavía arbusto alguno sobre la tierra (Gn 2,5).

Hija de Sión. La ciudad de Dios, es Sión que significa la fortaleza, centro de g,ravitación de la historia de la salvación, el punto central del mundo. A María, se le ha aplicado la nominación de la "hija de Sión", el Israel Nuevo, el nuevo pueblo de Dios. Los oráculos proféticos dirigidos a la hija de Sión evocan con extraordinario parecido aquellas palabras que el ángel dirige a María en la Anunciación y las piadosas expresiones de la Virgen María en el cántico del Magnificat: "Alégrate, hija de Sión, regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén" (Sof 3,14; Zac 9,9). "Canta y alégrate, hija de Sión... el Señor omnipotente me ha enviado a ti" (Zac 2,14-15), "Alégrate, la llena de gracia" (Lc 1,28). "Mi alma glorifica al Señor, mi espíritu se regocija en Dios mi salvador" (Lc 1,46-47).

En el Cantar de los Cantares. El Cantar, bellísimo poema, se pertenece de modo fundamental al género lírico. Los esposos expresan sus sentimientos afectivos de una forma viva y aun cruda, conforme al género literario nupcial de las fiestas de los desposorios en el Antiguo Oriente. Como realidad o motivo, el amor, también el humano, es uno de los temas nucleares de la literatura bíblica. Dios es amor (1 Jn 4,8). Afirmando el amor humano, es posible descubrir en él la revelación de Dios.

El Cantar es de gran riqueza literaria. Se cantan la hermosura y las delicias del amor y toda una constelación de imágenes y realidades sirven a este fin. Llama, sobre todo, la atención la viveza que cobra la naturaleza y la geografía: Cédar, Salma, Engadi, Sarón, Líbano, Hermón, Galaad, Tirsa, Jesbón, etc., son para el autor realidades vivas. Estas alusiones muestran, además, la añoranza de los israelitas por sus ciudades. El vocabulario del libro sugiere una atmósfera íntima y entrañable para el hombre medio: viñas, gacelas , perfumes. 

La esposa del Cantar de los Cantares, "la más agraciada de las mujeres" (1,8), "nardo aromático" (1,12), "lirio de los valles" (2,1), "columna de humo que sube del desierto esparciendo perfumes de mirra y de incienso" (3,6), es María, la esposa que exhala y expande los aromas divinos del Espíritu Santo, el amado de su alma, sagrado esposo que cubriéndola con su sombra, encarnó al Verbo que "in principium erat".

Salmo 19,6: La Virgen María, al aceptar su maternidad, se convierte en el tabernáculo del que sale Jesús, el Mesías, como un esposo de su alcoba, como el sol que cada día sale y, remontando por el cielo, hace su carrera para iluminar a todo el mundo y vivificar el planeta.

En el mundo oriental el sol era el símbolo de la justicia, que es el núcleo interno del contenido del salmo.

Salmo 22,10: Este salmo es la oración del justo agonizante. Jesús, al morir en la cruz, hizo suyas (Mt 27,46) las primeras palabras de esta oración y reveló su profundo sentido mesiánico. Es el salmo de los pobres y de los oprimidos que se aplica típicamente a Jesús el Redentor. Por esta misma razón, en lo que recita el justo en el versículo 10: "Tú fuiste quien del seno me sacaste, me pusiste a los pechos de mi madre" se ha visto una referencia personal a María, la madre que lo amamantó. 

Salmo 24: Es el canto de una festiva procesión. El rey de la gloria entra solemnemente en el templo al trasladar el Arca del templo de Silo, al templo de Salomón. Las puertas del templo se abren jubilosas para que entre el rey. María es también el templo que abre las puertas de su alma para que Dios entre en ella y, a través de ella, el Mesías entre en esta vida y en el corazón del hombre.

Salmo 45,11-18: Es un poema nupcial cantado al rey mesiánico. En la reina que entra majestuosamente en el magnífico palacio del rey, se ha visto a la Virgen María, la reina que entra triunfalmente en las estancias de las mansiones celestiales en que habita con su Hijo. Harás memorable tu nombre por generaciones (v. 18).

Salmo 67,7: El salmo constituye una alabanza universal a Dios. Se dan gracias a Dios por haber obtenido ricas cosechas en un año fértil y abundante. "La tierra ha dado sus productos, Dios nos bendice" (v. 7). Y esa tierra, fecunda y bendita, como no hay otra, es María que ha proporcionado el fruto más preciado, Jesús, el Cristo, a la humanidad que andaba descarriada y hambrienta.

Salmo 72,6: Durará como el sol, caerá como la lluvia en el retoño, como rocío que humedece la tierra. Lo mismo que cae la lluvia sobre las siembras, de la misma manera que el rocío viene fecundo a resolver la sequedad del terreno, así cayó del cielo el Hijo de Dios y se hizo carne en María, la tierra fecundada por la lluvia celestial del Espíritu del Señor, para cumplir, en el momento histórico, los designios eternos de Dios.

Nube ligera. En el oráculo contra Egipto, Isaías recurre a la imagen de la nube. María es como la nube ligera sobre la que viene el Señor a este mundo (Is 19,1). A través de María, el Hijo de Dios vino a este mundo en figura humana. Así lo dice San Juan en el prólogo v. 1,9: Existía la luz verdadera, que, con su venida a este mundo, ilumina a todo hombre.

La escala de Jacob. Jacob tuvo un sueño. Una escala que se apoyaba en la tierra y que llegaba hasta el cielo. Por ella bajaban y subían los ángeles de Dios, Dios mismo. La escala es el símbolo de la comunicación y de la unión continua del cielo con la tierra. Y eso es María, la unión misteriosa de lo humano y lo divino, porque en ella se hace presente Dios para comunicarse con los hombres (Gn 28,12)

La puerta cerrada. Ezequiel, en su oráculo, anuncia y describe el asedio Jerusalén. La Virgen María es "la puerta cerrada" del templo que daba al oriente, de la que habla el profeta en visión. La puerta santa que Yahvé había santificado al entrar en el templo y por la que ya nadie podrá entrar. Sólo el príncipe podrá tener acceso a ella (Ez 4,1-3): Hijo de hombre, toma un ladrillo y traza en él una ciudad, Jerusalén 

Hemos visto y repasado unos cuantos textos y pasajes bíblicos que sólo son un compendio entresacado del A. T. en el que se han encontrado distintos materiales de sentido acomodaticio aplicado muy acertadamente a la Virgen María, la joven virgen que dará a luz al Salvador de Israel; hemos de decir, claro está, que, en ninguna de las páginas veterotestamentarias, se hace a Ella una referencia directa.

 

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MARÍA, PROFETIZADA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Enciclopedia Católica

 

El Antiguo Testamento se refiere a Nuestra Señora tanto en sus profecías como en sus tipos o figuras.


Génesis 3:15

La primera profecía referente a María se encuentra en los capítulos iniciales del Libro del Génesis (3:15): "Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza y tú estarás al acecho de su talón". Esta versión parece diferir en dos aspectos del texto original hebreo:

En primer lugar, el texto hebreo emplea el mismo verbo para las dos versiones traducidas "ella te aplastará" y "tú estarás al acecho"; la Septuaginta traduce el verbo en ambos casos por "terein" (estar al acecho); Aquila, Símaco y los traductores sirios y samaritanos traducen el verbo hebreo por expresiones que significan aplastar, magullar; el Itala traduce el "terein" utilizado en la Septuaginta con el término latino de "servare" , vigilar; S. Jerónimo (1) sostiene que el verbo hebreo tiene el significado de "aplastar" o "magullar" más que el de "estar al acecho", "vigilar". Sin embargo en su propio trabajo, que se convirtió en la Vulgata latina, el santo emplea el término "aplastar" (conterere) en primer lugar, y "estar al acecho" (insidiari) en segundo. Por tanto el castigo infligido a la serpiente y la venganza de ésta están expresadas con el mismo verbo: pero la herida sufrida por la serpiente es mortal, ya que afecta a la cabeza, mientras que la herida causada por ella no es mortal, ya que es infligida en el talón.

El segundo punto de diferencia entre el texto hebreo y nuestra versión se refiere al agente que va a infligir la herida mortal a la serpiente: nuestra versión coincide con el texto actual de la Vulgata en traducir "ella"(ipsa) que se refiere a la mujer, mientras que el texto hebreo traduce "hu´" (autos, ipse) que se refiere a la descendencia de la mujer. Según nuestra versión y la traducción de la Vulgata, será la mujer quien obtenga la victoria; según el texto hebreo, ella vencerá a través de su descendencia. Es en este sentido en el que la Bula "Ineffabilis" atribuye la victoria a Nuestra Señora. La versión "ella" (ipsa) no es ni una corrupción intencionada del texto original ni un error accidental, sino que es una versión explicativa que expresa explícitamente el hecho de la participación de Nuestra Señora en la victoria sobre la serpiente, que está contenido de manera implícita en el original hebreo. La fuerza de la tradición cristiana referente a la participación de María en esta victoria puede deducirse del hecho de que S.Jerónimo mantuviera "ella" en su versión a pesar de su familiaridad con el texto original y con la traducción "él" (ipse)en la antigua versión latina.

Dado que es comúnmente admitido que el juicio divino se dirige no tanto contra la serpiente como contra el causante del pecado, la descendencia de la serpiente hace referencia a los seguidores de la serpiente, la "progenie de víboras", la "generación de víboras", aquellos cuyo padre es el Diablo, los hijos del mal, imitando, non nascendo (Agustín) (2). 

Puede darse la tentación de comprender la descendencia de la mujer en un sentido colectivo análogo, abarcando a todos los nacidos de Dios. Pero "descendencia" puede no sólo referirse a una persona en particular, sino que generalmente tiene dicho significado, si el contexto lo permite. S. Pablo (Gálatas 3:16) da esta explicación de la palabra "descendencia" tal como aparece en las promesas de los patriarcas: "A Abraham y a su descendencia fueron hechas las promesas. No dice a sus descendencias, como de muchas, sino de una sola: "Y a tu descendencia", que es Cristo. Finalmente la expresión "la mujer" en la frase "Pondré enemistad entre ti y la mujer" es una traducción literal del texto hebreo. La Gramática Hebrea de Gesenius-Kautzsch (3) establece la norma: es un rasgo peculiar del hebreo el uso del artículo para indicar una persona o cosa todavía desconocida o que todavía está por describir con claridad, ya se encuentre presente o tenga que considerarse bajo las condiciones del contexto. Dado que nuestro artículo indefinido cumple este propósito, se podría traducir: "Pondré enemistad entre ti y una mujer". 

Por tanto la profecía promete una mujer, Nuestra Señora, que será la enemiga de la serpiente en un grado sobresaliente. Además, la misma mujer saldrá vencedora sobre el Demonio, al menos a través de su hijo. La rotundidad de la victoria es subrayada por la frase contextual "comerás tierra", que es según Winckler (4) una antigua y común expresión oriental que denota la máxima humillación. (5)


Isaías 7:1-17

La segunda profecía referente a María se encuentra en Isaías 7:1-17. Los críticos se han empeñado en representar este pasaje como una combinación de sucesos y palabras del profeta escritos por un autor desconocido (6). La credibilidad del contenido no resulta necesariamente afectada por esta teoría, ya que las tradiciones proféticas pueden quedar registradas por cualquier escritor sin perder por ello su credibilidad. Pero incluso Duhm considera la teoría como un intento aparente por parte de los críticos de averiguar hasta dónde están dispuestos a aguantar pacientemente los lectores; opina que es una verdadera desgracia para la crítica en cuanto tal el que haya encontrado un mero compendio en un pasaje que describe tan gráficamente la hora del nacimiento de la fe.

Según II Reyes 16:1-4, y II Paralipómenos 27:1-8, Ajaz, que comenzó su reinado en el 736 a. C., profesaba abiertamente la idolatría, de forma que Dios lo dejó a merced de los reyes de Siria e Israel. Al parecer se había establecido una alianza entre Pecaj, rey de Israel, y Rasín, rey de Damasco, con el propósito de ofrecer resistencia a las agresiones asirias. Ajaz, partidario de los asirios, no se unió a la coalición; los aliados invadieron su territorio, con la intención de sustituir a Ajaz por un gobernante más complaciente, un cierto hijo de Tabeel. Mientras Rasín estaba ocupado en reconquistar la ciudad costera de Elat, Pecaj procedió en solitario contra Judá, "pero no pudieron prevalecer". Una vez Elat hubo caído, Rasín unió sus fuerzas a las de Pecaj; "Siria y Efraím se habían confederado" y "tembló su corazón (de Ajaz) y el corazón del pueblo, como tiemblan los árboles del monte a impulsos del viento". Había que hacer preparativos inmediatos para un asedio prolongado, y Ajaz se encontraba intensamente ocupado en las proximidades de la piscina superior, de la cual recibía la ciudad la mayor parte de su suministro de agua. De ahí que Dios le diga a Isaías: "Sal luego al encuentro de Ajaz ... al cabo del acueducto de la piscina superior". El encargo del profeta es de naturaleza extremadamente consoladora: "Mira bien no te inquietes, no temas nada y ten firme corazón ante esos dos cabos de tizones humeantes". El plan de los enemigos no tendrá éxito: "no aguantará y esto no sucederá". ¿Cuál será el destino concreto de los enemigos?

Siria no ganará nada, permanecerá como había estado en el pasado: "la cabeza de Siria es Damasco, y la cabeza de Damasco es Rasín."

Efraím también permanecerá en el futuro inmediato como había estado hasta ese momento: "la cabeza de Efraím es Samaria, y la cabeza de Samaria el hijo de Romelia"; pero al cabo de sesenta y cinco años será destruida, "dentro de sesenta y cinco años Efraím habrá dejado de ser pueblo".

Ajaz había abandonado al Señor por Moloc, y había depositado su confianza en una alianza con Asiria; de ahí la profecía condicional referente a Judá "si no crees, no continuarás". La prueba de fe sigue inmediatamente a continuación: "Pide al Señor, tu Dios, una señal, o de abajo en lo profundo o de arriba en lo alto". Ajaz responde con hipocresía: "no la pediré, no tentaré al Señor", rechazando así declarar su fe en Dios y prefiriendo la política asiria. El rey prefiere Asiria a Dios, y Asiria vendrá sobre él: "Hará venir el Señor sobre ti y sobre tu pueblo, y sobre la casa de tu padre, días cuales nunca vinieron desde que Efraím se separó de Judá con el rey de los asirios". La casa de David había ofendido no sólo a los hombres, sino también a Dios con su incredulidad; por ello, "no continuará", y, por una ironía del castigo divino, será destruida por aquellas mismas gentes a las que prefirió antes que a Dios.

Sin embargo, las promesas mesiánicas hechas a la casa de David no pueden frustrarse: "El Señor mismo os dará una señal. He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel. Y se alimentará de mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y elegir lo bueno. Pues antes que el niño sepa desechar lo malo y elegir lo bueno, la tierra por la cual temes de esos dos reyes será devastada". Dejando de lado una serie de preguntas relacionadas con la explicación de la profecía, debemos limitarnos aquí a la prueba evidente de que la virgen mencionada por el profeta es María, la Madre de Cristo. La argumentación se basa en las premisas de que la virgen mencionada por el profeta es la madre de Emmanuel, y que Emmanuel es Cristo. La relación de la virgen con Emmanuel está claramente expresada en las palabras inspiradas; las mismas indican, asimismo, la identidad de Emmanuel con Cristo.

La relación de Emmanuel con la señal divina extraordinaria que iba a ser concedida a Ajaz nos predispone a ver en la criatura alguien más que un niño corriente. En 8:8, el profeta le atribuye la propiedad de la tierra de Judá: "Y tendiendo sus brazos cubrirán toda tu tierra, ¡oh Emmanuel!". En 9:6, se dice que el gobierno de la casa de David descansa sobre sus hombros, y se le describe como poseedor de cualidades superiores a las humanas: "nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, que tiene sobre su hombro la soberanía, y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz". 

Finalmente, el profeta llama a Emmanuel "vara del tronco de Jesé", agraciado con "el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Dios"; su venida irá seguida de los signos generales de la era mesiánica, y los que queden del pueblo escogido serán de nuevo el pueblo de Dios (11:1-16).

Cualquier oscuridad o ambigüedad que pudiera haber en el texto profético es eliminada por S. Mateo (1:18-25). Después de narrar las dudas de San José y la reafirmación del angel "lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo", el evangelista continúa: "Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel". No es necesario que repitamos la explicación del pasaje dada por comentaristas católicos que responden a las objeciones que se han hecho contra el significado obvio del evangelista. De todo lo anterior se puede deducir que María es mencionada en la profecía de Isaías como madre de Jesucristo; a la luz de la referencia a la profecía hecha por S. Mateo, se puede añadir que ésta predijo también la virginidad de María, intacta en la concepción de Emmanuel (7).


Miqueas 5:2-3

Una tercera profecía referente a Nuestra Señora se encuentra en Miqueas 5:2-3: "Y tú, Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre las familias de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel, cuyos orígenes vienen del comienzo, de los días de la eternidad. Los entregará hasta el tiempo en que la que ha de parir parirá, y el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel". Aunque el profeta (750-660 a. de C., aproximadamente) fue contemporáneo de Isaías, su actividad profética comenzó un poco más tarde y finalizó un poco antes que la de Isaías. No cabe ninguna duda de que los judíos consideraban que las predicciones anteriores se referían al Mesías. Según S. Mateo (2:6), cuando Herodes preguntó a los sumos sacerdotes y escribas dónde iba a nacer el Mesías, le respondieron con las palabras de la profecía, "Y tú Belén, tierra de Judá, ..." Según S. Juan (7:42), el populacho judío reunido en Jerusalén para la celebración de la fiesta formuló la pregunta retórica: "¿No dice la Escritura que del linaje de David y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Mesías?". La paráfrasis caldea de Miqueas 5:2 confirma la misma opinión: "De ti me saldrá el Mesías, que señoreará en Israel". Las mismas palabras de la profecía no admiten prácticamente otra explicación; pues "sus orígenes son del comienzo, desde los días de la eternidad".

Mas, ¿cómo se refiere la profecía a la Virgen María? Nuestra Señora es mencionada con la frase "hasta el tiempo en que la que ha de parir parirá". Es cierto que "la que ha de parir" se ha referido también a la Iglesia (S. Jerónimo, Teodoreto), o al grupo de gentiles que se unieron a Cristo (Ribera, Mariana), o también a Babilonia (Calmet); pero, por una parte, no hay apenas relación suficiente entre ninguno de estos sucesos y el redentor prometido; por otra parte, el pasaje debería decir "hasta el tiempo en que la que es estéril parirá" si el profeta se hubiera referido a cualquiera de dichos sucesos. Tampoco puede "la que ha de parir" referirse a Sión: Sión es mencionada sin sentido metafórico antes y después de este pasaje, de modo que no se puede esperar que el profeta recurra de repente a un lenguaje figurado. Mas aún, si se explica así la profecía, no tendría un sentido cabal. Las frases contextuales "el señor de Israel", "sus orígenes", que en hebreo implica nacimiento, y "sus hermanos" hacen referencia a un individuo, no a una nación; de ello se deduce que el parto debe referirse a esa misma persona. Se ha mostrado que la persona que gobernará es el Mesías; por ello, "la que ha de parir" debe referirse a la madre de Cristo, Nuestra Señora. Así explicado, todo el pasaje aparece claro: el Mesías ha de nacer en Belén, un pueblo insignificante de Judá; su familia debe estar reducida a la pobreza y la oscuridad antes del momento de su nacimiento; como esto no puede suceder si la teocracia permanece intacta, si la casa de David continúa floreciendo, "por ello los entregará hasta el tiempo en que la que ha de parir parirá" al Mesías. (8)


Jeremías 21:22

Una cuarta profecía referente a María se encuentra en Jeremías 21:22: "El Señor ha creado algo nuevo sobre la tierra: una mujer conseguirá un hombre". El texto del profeta Jeremías ofrece no pocas dificultades para el intérprete científico; nosotros seguiremos la versión de la Vulgata latina del original hebreo. Pero incluso esta traducción ha sido explicada de muchas formas diferentes: Rosenmuller y muchos intérpretes protestantes conservadores defienden la versión "una mujer protegerá a un hombre", mas tal argumento difícilmente podría inducir a los hombres de Israel a retornar a Dios. La explicación "una mujer buscará a un hombre" apenas está de acuerdo con el texto; además, tal inversión del orden natural es presentada en Isaías 4:1 como una señal de la más absoluta catástrofe. La versión de Ewald "una mujer se convertirá en un hombre" es muy poco fiel al texto original. Otros comentaristas ven en la mujer un símil de la Sinagoga o de la Iglesia, en el hombre un símil de Dios, de modo que pueden explicar la profecía "Dios morará de nuevo en medio de la Sinagoga (o del pueblo de Israel)" o "la Iglesia protegerá la tierra con sus valientes hombres". Pero el texto hebreo difícilmente evoca ese significado; además, esa explicación convertiría ese pasaje en una tautología: "Israel retornará a su Dios, ya que Israel amará a su Dios". 

Algunos autores recientes traducen el original hebreo por: "Dios crea algo nuevo sobre la tierra: la mujer (esposa) retorna al hombre (su marido)". Según la ley antigua (Deuteronomio 24:1-4; Jeremías 3:1), el marido no podía volver a aceptar a su mujer una vez que la había repudiado; pero el Señor introducirá una novedad al permitir a la mujer infiel, o lo que es lo mismo, la nación culpable, volver a la amistad con Dios. Esta explicación se basa en una corrección aventurada del texto; además, no implica necesariamente el significado mesiánico que se espera del pasaje.

Los Padres griegos siguen generalmente la versión de la Septuaginta, "El Señor ha creado salvación en una nueva plantación, los hombres caminarán seguros"; mas S. Atanasio (9) combina la versión de Aquila dos veces "Dios ha creado algo nuevo en la mujer" con la de la Septuaginta, diciendo que la nueva plantación es Jesucristo, y que lo nuevo creado en la mujer es el cuerpo del Señor, concebido en la mujer virgen sin la participación del hombre. También S. Jerónimo (10) entiende el texto profético de la virgen que concibe al Mesías. Esta explicación del pasaje concuerda con el texto y con el contexto. Como la Palabra Encarnada poseyó desde el primer instante de su concepción todas sus perfecciones, exceptuando aquellas relacionadas con su desarrollo corporal, es correcto afirmar que su madre "conseguirá un hombre". No es necesario señalar que tal condición en una criatura recién concebida es denominada, con razón, "algo nuevo sobre la tierra". El contexto de la profecía describe, después de una breve introducción general (30:1-3), la futura libertad de Israel y la restauración en cuatro estancias: 30:4-11, 12-22; 30:23; 31:14, 15-26; las tres primeras estancias terminan con la esperanza del tiempo mesiánico. La cuarta debería esperarse también que tuviera un final similar. Además, la profecía de Jeremías, pronunciada alrededor del 589 a. de C. y entendida en el sentido que se acaba de referir, concuerda con las expectativas mesiánicas contemporáneas basadas en Isaías 7:14; 9:6; Miqueas 5:3. Según Jeremías, la madre de Cristo se diferencia de las otras madres en que su Hijo, incluso cuando aún está en su vientre, tiene todas las propiedades que constituyen la verdadera naturaleza humana (11). El Antiguo Tetamento se refiere indirectamente a María en aquellas profecías que predicen la encarnación del Verbo de Dios.


Tipos y figuras de María en el Antiguo Testamento.

Para estar seguros del significado de un tipo, este significado debe ser revelado, es decir, debe habernos sido transmitido a través de la Sagrada Escritura o de la tradición. Algunos escritores piadosos han desarrollado por su cuenta numerosas analogías entre ciertos datos del Antiguo Testamento y los datos correspondientes del Nuevo Testamento; sin embargo, por muy ingeniosas que estas correlaciones puedan ser, no demuestran que Dios tuviera de hecho la intención de transmitir en los textos inspirados del Antiguo Testamento las verdades de la correspondencia establecida. 

Por otra parte, debe tenerse presente que no todas las verdades contenidas ya sea en las Escrituras o en la tradición han sido explícitamente propuestas a los creyentes como verdades de fe por definición expresa de la Iglesia. De acuerdo con el principio "Lex orandi est lex credenti" debemos tratar al menos con reverencia las innumerables sugerencias contenidas en la liturgia y oraciones oficiales de la Iglesia. De esta forma es como debemos considerar muchos de los tratamientos otorgados a Nuestra Señora en la letanía y en el "Ave maris stella". Las Antífonas y Responsos que se encuentran en los Oficios recitados en las varias festividades de Nuestra Señora sugieren un número de tipos referentes a Nuestra Señora que difícilmente hubieran sido mostrados con tanta viveza de otra manera a los ministros de la Iglesia. La tercera antífona de Laudes de la Festividad de la Circuncisión contempla en "el arbusto que arde sin consumirse" (Exodo 3:2) la figura de María en la concepción de su Hijo sin perder su virginidad. La segunda antífona de Laudes del mismo Oficio contempla en el vellón de lana de Gedeón, húmedo por el rocío mientras que la tierra a su alrededor había permanecido seca (Jueces 6:37-38), un tipo de María recibiendo en su vientre al Verbo Encarnado (12). 

El Oficio de la Bienaventurada Virgen aplica a María muchos de los pasajes referentes a la esposa del Cantar de los Cantares (13) y también los referentes a la sabiduría del Libro de los Proverbios 8:22-31 (14). Un "jardín cerrado, una fuente sellada" mencionado en Cantares 4:12 aplicado a María es sólo un ejemplo concreto de todo lo referido anteriormente (15). Además, Sara, Débora, Judit y Ester son utilizadas como tipos de María; el arca de la Alianza, sobre la que se manifiesta la misma presencia de Dios, es utilizada como la figura de María llevando al Verbo Encarnado en su vientre. Pero es especialmente Eva, la madre de todos los vivientes (Génesis 3:20), la que es considerada como un tipo de María, que es la madre de todos los vivientes en el orden de la gracia (16).


[1] Quaest. hebr. in Gen., P.L., XXIII, col. 943 
[2] cf. Wis., ii, 25; Matt., iii, 7; xxiii, 33; John, viii, 44; I, John, iii, 8-12. 
[3] Hebräische Grammatik, 26th edit., 402 
[4] Der alte Orient und die Geschichtsforschung, 30 
[5] cf. Jeremias, Das Alte Testament im Lichte des alten Orients, 2nd ed., Leipzig, 1906, 216; Himpel, Messianische Weissagungen im Pentateuch, Tubinger theologische Quartalschrift, 1859; Maas, Christ in Type and Prophecy, I, 199 sqq., New York, 1893; Flunck, Zeitschrift für katholische Theologie, 1904, 641 sqq.; St. Justin, dial. c. Tryph., 100 (P.G., VI, 712); St. Iren., adv. haer., III, 23 (P.G., VII,, 964); St. Cypr., test. c. Jud., II, 9 (P.L., IV, 704); St. Epiph., haer., III, ii, 18 (P.G., XLII, 729). 
[6] Lagarde, Guthe, Giesebrecht, Cheyne, Wilke. 
[7] cf. Knabenbauer, Comment. in Isaiam, Paris, 1887; Schegg, Der Prophet Isaias, Munchen, 1850; Rohling, Der Prophet Isaia, Munster, 1872; Neteler, Das Bush Isaias, Munster, 1876; Condamin, Le livre d´Isaie, Paris, 1905; Maas, Christ in Type and Prophecy, New York, 1893, I, 333 sqq.; Lagrange, La Vierge et Emmaneul, in Revue biblique, Paris, 1892, pp. 481-497; Lémann, La Vierge et l´Emmanuel, Paris, 1904; St. Ignat., ad Eph., cc. 7, 19, 19; St. Justin, Dial., P.G., VI, 144, 195; St. Iren., adv. haer., IV, xxxiii, 11. 
[8] Cf. the principal Catholic commentaries on Micheas; also Maas, "Christ in Type and Prophecy, New York, 1893, I, pp. 271 sqq. 
[9] P.G., XXV, col. 205; XXVI, 12 76 
[10] In Jer., P.L., XXIV, 880 
[11] cf. Scholz, Kommentar zum Propheten Jeremias, Würzburg, 1880; Knabenbauer, Das Buch Jeremias, des Propheten Klagelieder, und das Buch Baruch, Vienna, 1903; Conamin, Le texte de Jeremie, xxxi, 22, est-il messianique? in Revue biblique, 1897, 393-404; Maas, Christ in Type and Prophecy, New York, 1893, I, 378 sqq.. 
[12] cf. St. Ambrose, de Spirit. Sanct., I, 8-9, P.L., XVI, 705; St. Jerome, Epist., cviii, 10; P.L., XXII, 886. 
[13] cf. Gietmann, In Eccles. et Cant. cant., Paris, 1890, 417 sq. 
[14] cf. Bull "Ineffabilis", fourth Lesson of the Office for 10 Dec.. 
[15] Response of seventh Nocturn in the Office of the Immaculate Conception. 
[16] cf. St. Justin, dial. c. Tryph., 100; P.G., VI, 709-711; St. Iren., adv. haer., III, 22; V, 19; P.G., VII, 958, 1175; Tert., de carne Christi, 17; P.L., II, 782; St. Cyril., catech., XII, 15; P.G., XXXIII, 741; St. Jerome, ep. XXII ad Eustoch., 21; P.L., XXII, 408; St. Augustine, de agone Christi, 22; P.L., XL, 303; Terrien, La Mère de Dien et la mère des hommes, Paris, 1902, I, 120-121; II, 117-118; III, pp. 8-13; Newman, Anglican Difficulties, London, 1885, II, pp. 26 sqq.; Lecanu, Histoire de la Sainte Vierge, Paris, 1860, pp. 51-82.

 

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MARÍA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

por el R.P. Antonio Rivero, L.C.

 

 

El catecismo nos dice de la Virgen que es “La Señora llena de gracias y de virtudes, concebida, sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y está en el cielo en cuerpo y alma”.

¿Dónde me inspiraré para hacer este pequeño tratado sobre María, de este tema tan querido para el cristianismo? Sobre todo, en la Sagrada Escritura, en la Liturgia de la Iglesia y en documentos del Magisterio de los Santos Padres de la Iglesia.

Quisiera que al hablar de la Santísima Virgen lo hiciéramos siguiendo estas pautas:

• Solidez: el culto a Manaría está basado en los fundamentos ciertos de nuestra fe, que se encuentran en la Sagrada Escritura, interpretada por el Magisterio de la Iglesia. La imagen bíblica de María será más fecunda y sugerente que cualquier imagen alimentada por otras fuentes, platónicas, legendarias y retóricas

• Integración: al hablar de María hay que intregrarla dentro del conjunto de las realidades sobrenaturales, pues María es parte constitutiva de todo el misterio cristiano. Aislarla es desfigurarla, porque es sacarla del contexto que da sentido a su persona y a su misión. La veremos en su contexto trinitario, cristológico y eclesial. Si no fuera así, María sería un mito.

• Actualización: este tratado debe recoger las legitimas aspiraciones de los hombres de nuestro tiempo y darles respuestas convincentes. Desde el “hoy” del Evangelio, con su verdad siempre vieja y siempre nueva, María ofrece soluciones válidas a muchos problemas acuciantes, y graves de nuestra realidad. Y lo hace desde su experiencia vivida.

• Eficacia: María es generadora de cristianos auténticos. María es modelo de una relación personal con el Señor de la historia, vivida en la sencillez de lo cotidiano y proyectada hacia los demás en un amor efectivo y solidario. María es, asimismo, modeladora de ese cristiano comprometido con Dios y con la historia.
 

 

Primer texto: Génesis 3, 15

 

 

María es insinuada proféticamente en el Génesis 3,15: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; Él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón”.
A este texto se le ha llamado el protoevangelio es decir (el primer evangelio) el primer anuncio de la buena noticia.
¿Quién es esa mujer?
¿Quién es ese linaje?
¿Qué es lo que se dice?

Ante el pacto roto por Adán bajo el influjo del demonio, Dios no se rinde y promete ya un Salvador, nacido de una mujer. Pero habrá una lucha acérrima entre la mujer -María- y el linaje de la serpiente -los demonios-. Esa lucha la definirá un hijo de la mujer -Cristo- que derrotará para siempre el poder del demonio, enemigo de Dios y del hombre. 

Pasarán siglos antes de que se cumpla este plan maravilloso de Dios.
Dios se sirve de una mujer para efectuar su plan de Redención de la humanidad.
María es la Nueva Eva, antítesis de la primera. María, unida estrechamente al nuevo Adán, por su fe y su obediencia, cooperó a la nueva vida y a liberar al mundo del poder del demonio. En una expresiva afirmación del papa Pío IX: Cristo y María tienen “Idénticas enemistades” (Bula Ineffabilis Deus, del 8 del Dic. 1854).
La lucha comenzada en el paraíso atraviesa toda la historia de la humanidad. Desde entonces existe la dramática lucha entre el bien y el mal, entre el amor y el odio, entre la verdad y la mentira.
¿Quién no experimenta esta lucha? 
En esta lucha, María será señal de victoria. De ella saldrá el Redentor. Ambos constituyen el fundamento firme para la esperanza de la humanidad.
Todo el Antiguo Testamento es una lenta preparación hacia la realización de la promesa de salvación. “Vendrán días...” es el tono dominante de su anuncio.
En esos siglos de espera, Israel transitó los caminos del Dios de la Alianza, recibió la Palabra, experimento las grandes obras de Dios.
Fue una historia tejida en la fidelidad, también en la ruptura. En la fidelidad de Dios, y en la ruptura muchas veces del hombre.

 

Segundo texto: Isaías 7, 10-14

 

 

“Una Virgen Concebirá un hijo y le pondrá el nombre de Emmanuel”.

Esta profecía de Isaías se realiza plenamente en María.

¿Quién es esa Virgen? María.

¿Quién es ese Emmanuel? Cristo.
 

 

Tercer texto: Miqueas 5, 15

 

 

Miqueas reiterará el anuncio de la salvación, puntualizando que ocurrirá en Belén: “Más tú, Belén Efratá, aunque seas la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel”.

Mateo ve cumplida este oráculo en el nacimiento de Cristo en Belén.

“La hija de Sión”

En esta mujer se condensa toda la expectación y sirve para describir las relaciones personales de Dios de la Alianza con su Pueblo.
También con esta imagen se designan los desposarios de Jahvéh con su hija de Sión (Isa. 62,5)
Y también es la personificación de una madre de Salvación en el dolor y la tribulación (Miqueas 4,10; Jeremías 4,31;8,2)
María la nueva Hija de Sión, es quien recibe el anuncio gozoso de nuestra liberación definitiva, es la mujer habitada por Dios y desposada para siempre en el amor exclusivo, es la Madre que nos engendra en el dolor para transformarnos en el nuevo Pueblo de Dios. Ella es la hija de Sión.
 

 

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LA VIRGEN MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO

 por Camilo Valverde Mudarra

 

Sobre la Virgen María, los Textos Sagrados contienen escasa información.

En el N.T., los Sinópticos: Mt 1,1-25; 12, 46-50; 13, 54-57; Mc 3,31-35; 6, 3-4; Lc 1, 26-56; 2, 1-51; 8, 19-21. San Juan aporta tres pasajes de gran interés: 1º) El prólogo 1,13-14; 2º) Las bodas de Caná 2, 1-11; y 3º) Al pie de la cruz 19, 25-27. En Hechos, 1,14 y en tres cartas de San Pablo, Rm 1, 3; Gal 4, 4; y Flp 2, 6-7; y en el Apocalipsis 12.

 

 

EVANGELIO DE SAN MARCOS

 

Hemos expuesto anteriormente los textos referentes a la Virgen en el A.T. Hoy tornamos la mirada y vamos a traer a reflexión los pasajes del N.T. que tratan sobre la Madre de Jesús.  

Dos son los pasajes referentes a María en el evangelio de San Marcos:

                        "Llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron a llamar. La gente estaba sentada a su alrededor. Y le dijeron: 'Ahí, fuera te buscan tu madre y tus hermanos. El respondió: Quiénes son mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3,31-35)

No es que Jesús desprecie a su familia, es que, en medio de un acto en que está en plena predicación, aprovecha el recado que le dan para ofrecer una reflexión teológica de orden superior. La verdadera familia de Jesús no es la familia física, formada por sus consanguíneos, sino la familia cristiana, integrada por todos los que lo siguen, los ciudadanos del reino de Dios que él ha venido a establecer en la tierra. Jesús no reniega de su parentesco humano. Lo que dice es que la familia física carece de importancia y tiene que ceder ante la familia cristiana, a la que sólo pertenecen los que hacen la voluntad de Dios y de la que naturalmente no está excluida la familia física. El pasaje no está exento de simbolismos. La familia física es la que está fuera y la familia cristiana es la que está dentro de la casa, es decir, dentro de la Iglesia.

"No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? No están aquí entre nosotros sus herma­nos” (Mc 6,3).  

Los otros tres evangelistas en los lugares paralelos, llaman a Jesús "el hijo del carpintero" (Mt 13,55) o "el hijo de José" (Lc 4,22; Jn 6,42). ¿Por qué Marcos lo llama "el hijo de María"? Las respuestas a esta pregunta han sido varias. 1) Porque Marcos quiere recalcar la condición humana de Jesús, que nace de una mujer, como todos los humanos, y, por tanto, no hay que sublimarlo desechando su naturaleza humana, para encumbrarlo de modo que sólo se haga de El un ser puramente celeste. 2) Porque cuando se escribe el evangelio, ya había muerto San José. 3) Porque Marcos quiere decir que Jesús no tuvo padre humano, afirmando implícitamente su concepción virginal, 4) Porque los que decían esto, lo hacían de mala fe, ofendiendo, dando a entender que Jesús no había tenido padre conocido, ni familia normal.

Ninguna de estas explicaciones es convincente. San Marcos lo llama simplemente "hijo de María", por la proximidad, como pudo recurrir a nombrarlo "hijo de José". No es preciso entrar en hondas disquisiciones.

Por otra parte, en relación a los hermanos y hermanas de Jesús, hay también diversas opiniones. En primer lugar, debemos asentar que la perpetua virginidad de María es incompatible con que estos hermanos sean hijos naturales del matrimonio de José y María. Ya desde San Jerónimo, según la tradición, se ha dicho que la palabra "hermano" -adelfos- se corresponde con el vocablo hebreo "ah" o el arameo "aha" que significa “primo”, "pariente". El Protoevangelio de Santiago (s. II) dice que san José era viudo y, al contraer nupcias con María llevaba esos hijos de su anterior matrimonio. Otros, en su mayoría, protestantes y algunos católicos, afirman que la palabra adelfos significa hermano consanguíneo, por lo que esos hermanos eran hijos de José y de María, salvaguardando, como es natural, la concepción virginal de Jesús. Es la misma opinión que ostentan  otros como Hegesipo y Tertuliano y algunos autores de la antigüedad.

Lo cierto es que San Marcos refleja, con esta cita, la presencia de su Madre, María, durante la vida pública de Jesús, en unión constante con su Hijo, el Redentor, en la predicación y, luego, en los dolores de la cruz.

 

 

EVANGELIO DE SAN MATEO

 

1. Genealogía de Jesús (Mt 1,1-16)

Es llamativo y sorprendente que en el árbol genealógico de Jesús figuren cuatro mujeres, dada la discriminación de la mujer, olvidada socialmente y minusvalorada totalmente en aquella sociedad patriarcal. Y llama más la atención, si nos fijamos en las situaciones personales de esas mujeres, bastante complicadas, extrañas y anómalas. Tres, Tamar, Rut y Rajab, eran extranjeras y la otra, Betsabé, no es citada por su nombre, sino "la que fue de Urías el hitita".

Tamar se disfrazó de ramera, al sentirse postergada y lastimada en sus derechos, para tener un hijo con su suegro Judá, que la había defraudado (Gn 38). Rajab (prostituta?), sirvió muy eficazmente a la entrada de los israelitas en la tierra prometida (Jos 2). Rut, moabita, unida con Booz, es una de las progenitoras de David (Rut 4,12-16). Betsabé, tras el adulterio con David y la muerte ignominiosa de Urias, consigue que la dinastía davídica se prolongue a través de su hijo Salomón (2 Sam 11).

Si la historia de estas cuatro mujeres es algo fuera de lo normal y Mateo las refiere como ascendientes de Jesús, es porque le sirven de marco para la situación personal de María y la concepción de Jesús, todavía más extraña e insólita, tan extraordinaria y tan misteriosa que sólo la revelación del misterio, que se realiza en Ella, la hace comprensible, a la vez que a Ella la enaltece por encima de lo imaginable. Las otras cuatro mujeres son, de alguna manera, también enaltecidas como eslabones fundamentales del mesianismo.

2. Concepción virginal de Jesús (1,18-21)

La cuestión se explica al tratar la "Anunciación" en el evangelio de San Lucas. Aquí debemos hacer alguna referencia ante los textos de San Mateo: El primer evangelista expresa con claridad que María ha concebido y va a dar a luz de manera virginal, permaneciendo en su virginidad. Se cumplirá en ella la profecía de Isaías, de la que ya hemos hablado (Is 7,14): "He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Emmanuel" (Mt 1,23).

Y así también, que San José ignora el hecho de la Anunciación y se encuentra con que María está encinta. José sufre gran desconcierto. Siendo un hombre "justo", quería cumplir con la ley y divor­ciarse (Dt 22,20-21); ante las alternativas, poner la denuncia para anular el desposorio y repudiarla en público o en privado mediante libelo de repudio en presencia de dos testigos, o sin alegar motivo, convivir con ella y callar o dejarla ocultamente y marcharse, decidió esta última, porque era hombre justo. Como era bueno, no deseaba despreciar ni causar daño alguno a María, su esposa, pensó callar sin denunciarla públicamente, con lo que él cargaba con todas las culpas y críticas. Por tal decisión, el Ángel se le aparece en sueños y le desvela el misterio: "Lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús; porque él salvará al pueblo de sus pecados" (Mt 1,21). 

Por un sentido de honor, socialmente redundante en el Hijo, se produce, según Mt, la intervención de Dios en sueños, lo cual revela el misterio realizado en María. Es José el que va a transmitirle legalmente los derechos mesiánicos: Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21). Es la fórmula con que se habla de Yahvé en los Salmos (Sal 130,8). Jesús, el Mesías, llevará a cabo lo que se esperaba en el A.T. que haría Dios. Mt ve en la concepción el cumplimiento de la profecía isaiana de Emmanuel (Is 7, 10-16). San José tiene que hacer de padre y cumplir con todas sus obligaciones. No sólo María, él también tiene encomendada una misión importante en la obra salvadora de Jesús. 

Que María y José constituyeron un verdadero matrimonio, está suficientemente atestiguado. En el Evangelio, se emplean los apelativos de esposo, cónyuge, marido,“virum”: “…de José, esposo de María”; José, su marido, siendo un hombre justo” (Mt 1,16-20). Y así, lo han considerado siempre los Santos Padres. La paternidad de José es sin duda alguna verdadera; lo que no consta con tanta claridad es la definición de tal paternidad. Tenemos dos testimonios: la misma María que dice al ángel: “pues no conozco varón” (Lc 1,349; y el pasaje de las dudas y zozobras de José: “Estando desposada María su madre, con José, antes de que convivieran se encontró encinta por virtud del Espíritu Santo” (Mt 1,18.25). 

La paternidad no es la natural, queda claro, sino una paternidad especial y singular, la que atribuye el derecho dimanante de un matrimonio válido y legal contraído entre personas competentes para cumplir los deberes matrimoniales y familiares. El vínculo marital comporta el dominio conyugal que conlleva la potestad sobre el cuerpo del cónyuge y la autoridad sobre la prole: “La esposa no dispone de su propio cuerpo…No os neguéis el derecho del uno al otro, sino cuando lo decidáis de común acuerdo y por poco tiempo” (1Cor 7,4-5). Y, ciertamente, no se puede guardar virginidad sin el mutuo acuerdo y sin la cesión de los derechos propios.

3. Nacimiento de Jesús (Mt 1, 25).

El texto sagrado, “y, sin que la conociera, ella dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús”, pone de manifiesto también la virginidad de María en todo el proceso desde la anunciación hasta el parto; dice que José “no la conoció” hasta que (ewV ou) ella dio a luz un hijo (Mt 1,25). El hebraísmo “hasta que” (‘ad-ki) indica el límite en un momento determinado, pero no lo que después ocurra. No está atestiguada la virginidad después del alumbramiento, ni la evidencia de haber hecho ningún voto de castidad. Por el contrario, sí, se conocen textos que citan a hermanos y hermanas de Jesús. San Mateo, en un momento en que buscan a Jesús escribe: “Tu madre y tus hermanos están fuera y preguntan por tí” (Mt 12,46-47) y más adelante afirma que Jesús es el hijo del carpintero y que su madre es María “y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas. Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? (Mt 13,55-56); San Marcos, salvo que no cita al padre, recoge el mismo texto. El cuarto evangelio dice: “bajó a Cafarnaum, con su madre, sus hermanos y sus discípulos”; “sus hermanos le dijeron”; “anda a decirles a mis hermanos” (Jn 2,12; 7,3.5; 20,17). Y San Pablo, hablando de la admisión de la mujer, escribe: “como hacen los demás apóstoles y los hermanos del Señor, y Kefas” (1Cor 9,5); “vi a Santiago, hermano del Señor” (Gal 1,19). Parece que, como es lógico, después tuvieron otros hijos. “En nuestra reflexión de tipo histórico-crítico, -dice J. García Paredes- no hemos podido llegar a una conclusión cierta que excluya o afirme apodícticamente que María tuviera otros hijos”. Es lo natural en el matrimonio y lo más grande y maravilloso que le puede ocurrir a unos esposos. Ello no empece en absoluto, no dificulta, no desdice. María es la Única por ser Virgen y Madre. Es Bienaventurada, es Bendita entre las todas las mujeres.

 

EVANGELIO DE SAN LUCAS

 

San Lucas, nacido en Antioquía, es médico, hombre culto que se desenvuelve muy bien en la lengua griega. Su evangelio es, en el aspecto literario, el mejor estructurado y el más elegante de los cuatro. Los autores sagrados no se proponen construir una obra literaria consumada, sólo intentan llevar a todos los hombres la palabra redentora y salvadora de Jesucristo, por lo que amoldan su estilo a la lengua y expresión común. Entre sus fuentes, el testimonio directo de la Santísima Virgen María fue ciertamente de enorme valía para este evangelista. Esta es la razón por la que, de todos los libros de la Biblia, el III evangelio es el que aporta más contenido mariano. Los textos más importantes son la Anunciación y el Magnificat.

1.- La Anunciación: Lc 1,26-38 

Vino a una virgen que se llamaba María: Concebirás y darás a luz un hijo… El espíritu Santo vendrá sobre ti…Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 26-38). 

Con respecto al nombre de "María", como es lógico, dada su importancia y su significación, los estudiosos han apuntado hasta unas sesenta etimologías. De tal conjunto, señalamos las que parecen más probables: Mara: hermosa, ser bella (Miryam), exaltada; de la raíz ra'ha: ver, ser vidente; y de Mar, y Mari: señora.

Llegado el momento, para hacerse Dios presente a los hombres en el mundo, vino el ángel Gabriel y se acercó a una virgen que dará a luz un hijo a quien ella pondrá el nombre de Emmanuel (Is 7, 14) y escogió a María de Nazaret para tan altos designios, anunciándole: Salve, llena de gracia, el Señor es contigo… Otras versiones, en lugar de la palabra “salve”, emplean, en la salutación, el término “alégrate”, que etimológicamente procede del término griego “jaire”. Tal vez, lo normal será pensar que el Ángel usó la misma lengua que María hablaba y la saludó con el “Shalom” hebreo. No emplearía la lengua griega ni tampoco el saludo latino de “Ave”, ni el “Salám” del árabe. No hemos de pensar en un simple saludo, sino en una invitación exhortativa a la alegría. 

“María debe alegrarse, dice E. Martín Nieto, pues es la primera destinataria de la Buena Noticia que Dios va a anunciar al mundo a través de ella, la llegada del Mesías. Este “alégrate” evoca el texto de Sofonías: “Salta de júbilo, hija de Sión; alégrate hija de Jerusalén, porque tu rey viene a ti, justo y victorioso" (Zac 9,9). Al evangelio de Lucas se le ha llamado el evangelio de la alegría, pues muchos pasajes así lo confirman (1,68-79; 2,13.29-32; 5,26; l0,17.20; 13,17; 18,43). El ángel le da dos razones para esa alegría:

lª) María es la "llena de gracia" (kejaritomene). Es el nuevo nombre dado por el ángel a María, a la que Dios ha querido mirar con una singular benevolencia y, por eso, la ha llenado de gracia y de hermosura, tanto en lo físico, como en lo espiritual. Esta hermosura, este encanto personal de María suscita en Dios una benevolencia nueva, la hace más querida de Dios y, como consecuencia, Dios la llena aún más de gracia, lo que produce nuevas benevolencias y nuevos dones y, así, de manera constante, la Virgen está siempre llena y siempre llenándose de favores divinos, de gracia y de belleza; con lo que tenemos que la Virgen es la mujer más agraciada espiritual y físicamente de la tierra. La Virgen está llena de gracia ya antes de la concepción. Lo está, no porque haya concebido a Jesús, sino porque lo va a concebir "para que fuese digna madre suya" (J. Maldonado). El ángel le da un nombre nuevo en consonancia con su misión: "La llena de gracia", por ser madre del que es la misma gracia.

2ª) El Señor está contigo. Dios está con ella de una manera singular, como realizador de las promesas mesiánicas. Dios estaba siempre con los grandes personajes del A.T., elegidos para llevar a cabo una misión especial. Con Isaac (Gn 26,34), con Jacob (Gn 28,15), con Moisés (Ex 3,12), con David (1 Sam 17,37), con Jeremías (1,8). Cuando Dios encomienda a alguien una misión, le da el poder para llevarla a cabo. Dios está con María de un modo especialísimo, pues no sólo está con ella, va a estar en ella, actuando en ella, con una presencia dinámica, con un poder divino santificador y transformante”. San Agustín hace decir al ángel: "El Señor está contigo mucho más que conmigo. Pues, en mí, está por haberme creado; pero, en ti, por haberlo tú engendrado. De tal modo, está el Señor contigo, que está en tu corazón; llena tu mente y llena también tu carne".

La Virgen recibió también otros grandes saludos, cual ningún otro personaje bíblico: "Bendita tú entre las mujeres", "Dichosa tú que has creído" (Lc 1,42.45).

La Anunciación de Jesús es un hecho histórico, aunque esté relatado siguiendo el esquema literario que, a manera de cliché, se repite en el A.T.: en el anuncio de Isaac (Gn 17,18), de Moisés (Ex 3,4), de Gedeón (Jue 6), de Sansón (13,1-5), de Samuel (1 Sam 1-2), del Bautista (Lc 1,5-20).

En todos estos anuncios se dan estas cinco fases: Aparición del ángel, proclamación del mensaje del ángel, tribulación en aquel a quien se dirige el ángel, objeción al mensaje por parte del que lo recibe y garantía del mensaje por el anuncio de un signo. Esto implica una elaboración teológica; y, en el caso de María, este evangelista que, al actualizar los relatos veterotestamenterios, aplica el método derásico, se ha cuidado de dejar intacta la objetividad del hecho.

Que el Hijo de Dios quisiera nacer de una mujer (Gal 4,4) es ya una insospechada revolución, dada la marginación en que entonces se encontraba la mujer. Que esa mujer fuera de una condición humildísima y habitara en un villorrio insignificante, totalmente desconocido en el A.T. y en Flavio Josefo, minusvalorado e incluso vituperado por la sociedad (Jn 1,46), habitado por gente intolerante, envidiosa y violenta (Lc 4,28-29), es otra revolución. Dios elige estas situaciones humanas, sociales y geográficas, para realizar su proyecto en el mundo, la Encarnación de su Hijo. Todo esto significa el contravalor de Dios, frente a los varales humanos” (La Virgen María, Málaga, 1998, pg. 23-25).

a) Aparición del ángel

"Al sexto mes, al ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven virgen, desposada con un varón llamado José descendiente de David. La virgen se llamaba María" (Lc 1,26-27).

Gabriel, después de saludarla y calmar su sobresalto por la súbita aparición que invade el ritmo de su quehacer y el espacio de su intimidad más personal, le expone el contenido del mensaje que trae de parte de Dios: Concebirás y darás a luz un hijo… El espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra….

María y José habían celebrado ya los esponsales, pero, a la espera del matrimonio, aún no convivían en unión conyugal. Los esponsales (algo similar a la petición de mano, sólo que con fuerza jurídica) eran considerados, a efectos de la ley como verdadero matrimonio (Dt 22,23-24), pero tenía que transcurrir al menos un año, durante el que no podían tener vida marital ni la convivencia en su propio hogar. Los desposorios tenían lugar, en las mujeres, a la edad de los 12 ó 13 años y, en los hombres, entre los 18 y los 24. Una infidelidad cometida durante los esponsales era tenida legalmente como un adulterio; tan era esto así, que si el prometido moría, la prometida era considerada viuda y le asistía la ley del levirato.

El Mesías tenía que ser descendiente de David y José lo era, lo cual garantizaba la ascendencia davídica de Jesús. Pero, como José no era el padre natural, se ha dicho que la Virgen era también de la tribu de Judá; aunque no hay quien haya afirmado que era de la tribu de Leví, a la que pertenecía su prima Isabel (Lc 1,5.36)

b) Tribulación: María se turbó

La turbación de María tiene su razón lógica en la súbita y sublime aparición del ángel y en el contenido del mensaje que suscita el intimo pudor de una jovencita ante cuestiones muy personales; se turba por un sobrecogimiento e incluso por el desconcierto espiritual y psicológico; en su insignificancia, no podía creer que pudiera ser la elegida por Dios para tan alto destino, ser la madre del Mesías; y se turba por la misma presencia extraña y desconocida que siempre atemoriza.

Se trata de una teofanía y el contacto con Dios, hace temblar a la criatura humana en su enorme distancia. Nadie ha visto, ni puede ver a Dios sin morir, como le dijo a Moisés en el Sinaí. De ahí, el temor del hombre ante su posible visión. Solamente, la luz de la gloria posibilita ver al Señor (1 Jn 3,2).

Pero María no tiene nada que temer: “No temas, porque has hallado gracia ente Dios” (Lc 2,30). No ha de temer, el mensaje viene de parte de Dios y ella ha sido agraciada, “llena de gracia” y de favores. No ha de temblar sino alegrarse. El ángel la tranquiliza y la invita a salir de la conmoción espiritual que produce el encuentro con la Divinidad; como en otras ocasiones del A.T.: “No temas, Abrán, yo estoy contigo” (Gén 15,1; Jos 1,9; Is 41,14); también Moisés halló gracia ante Dios: “Has encontrado gracia a mis ojos… yo mismo iré contigo” (Ex 33,12). María ha de dejar toda preocupación, pues Dios la protege, le da fuerza y la llena de virtud.

c) La proclamación del mensaje

El ángel le comunica el contenido del anuncio que trae: “Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31). Se lo expone en futuro, porque aquel hecho prodigioso requiere el concurso de la Virgen para su culminación. Es una expresión repetida en la Biblia en los casos de anuncio de un nacimiento (Lc 1,13; Jue 13,5; Gn 16,11; Is 7,14). Su nombre será Jesús, el Salvador, lo que se llama, se es, pues, en hebreo el nombre revela la naturaleza y la misión de la persona. El nombre se lo impone Dios, no se deja a los padres, todo viene determinado desde lo Alto.

Lo designios divinos “ex eterno” han trazado minuciosamente toda su trayectoria existencial: Será grande y se llamará hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob, su padre, para siempre y su reino no tendrá fin (Lc 2,32). El hijo está descrito con fórmulas del A.T. referentes a Dios: Grande es el Señor, digno de toda alabanza (Sal 86,10; 96,4). Yo salí de la boca del Altísimo (Gn 14,19.24; Si 24,2; Is 14,14; Sal 7,18). Dios es el rey de la gloria (Sal 24,7-10). Será hijo y heredero de David, como estaba anunciado (2 Sam 7,12; Is 9,6; Miq 4,7). Son los rasgos propios de Dios Soberano y Eterno, es el Hijo de Dios.

d) Objeción de María

María no duda de la posibilidad del hecho propuesto, no pide una señal como hizo Zacarías, expone una dificultad: “no conozco varón”; sólo, hace una pregunta: ¿cómo será esto?; su interrogante estriba en el cómo, en el modo en que va a ser madre, no sobre el hecho de serlo; esto supone que ella pone, en consideración, su estado actual de virginidad, pero está dispuesta, no se niega, hará lo que Dios quiera. Y, cuando sabe cómo ha de realizarse, se pone a total servicio ante la voluntad de Dios, porque se siente y se proclama esclava de Dios. Está dispuesta a hacer todo lo que el Señor le mande. María presenta su “fiat” y expresa su plena y absoluta disponibilidad a los mandatos de Dios; da su sí incondicional y acoge alegre y decidida su misión: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Esta es la enorme grandeza de María, pues la santidad no consiste en ser o no ser virgen, sino en aceptar y cumplir la voluntad de Dios, y cumpliéndola, ser la madre de Jesús, es bienaventurada por su Maternidad

e) Garantía del mensaje

“Hágase”, con esta sencilla aceptación, la Virgen afirma su vocación solemne, sobreviene el sublime milagro, se produce el acontecimiento más extraordinario, en sí contradictorio: Una virgen que concibe y es madre; Dios que se hace hombre y que convive con el hombre y nosotros vimos, en su divinidad, su gloria, su gracia y su verdad; Dios Hijo, Unigénito de Dios y Dios hijo de María de Nazaret. Como su esclava, se entrega por entero y así: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el niño que nacerá será santo y se llamará hijo de Dios (Lc 1,35-36). La nube como manifestación de Yahvé, cubría a veces el Tabernáculo y el Templo (Ex 33,9; 1 Re 8,10), simboliza la presencia de Dios. Con la Encarnación Dios toma posesión de María y hace de ella su morada; es el nuevo Templo y el Espíritu Santo la cubre con su sombra de fecundación. Por esta razón el niño será Hijo de Dios y necesariamente santo, porque Dios es santo y santificador (Lev 20,7; Ez 20,12, 27,28; Os 11,9). El Mesías es “el Santo de Dios”, título mesiánico (Mc 1,24; Jn 6,69).

María no pide un signo, como hizo Zacarías (Lc 1,18), pero el ángel se lo da: “Isabel, tu prima, ha concebido un hijo”. Es la garantía de la autenticidad del anuncio y de su próxima concepción. Ella, pronunciando su “fiat”, se proclama propiedad absoluta del Señor, depone su propia voluntad, entrega su vida y la consagra al servicio completo de Dios. San Lucas la llama “virgen”, el ángel la “llena de gracia” y ella se autonombra “esclava”, las tres denominaciones reflejan con precisión la realidad existencial que fue su vida.

2.- El Magníficat: 2,47-55

Cuando Isabel la llama Bienaventurada, ella prorrumpe en su Magnificat anima mea Dominum, cántico compuesto con diferentes textos del A. T.: Mi alma se alegra en Yahvé, mi frente se levanta a Dios (1 Sm 2, 1-11). Grandes son las obras de Yahvé; hizo sus maravillas memorables (Sal 111,2.4; Sal 103,1). María que no necesitó de un Salvador en el mismo sentido que los hombres, resalta, no su virtud de la humildad, sino su pobre condición social, su nimiedad y su bajeza. Pero, Dios la ha mirado y, en consecuencia, será llamada dichosa, porque Dios siempre se sirve de lo sencillo e insignificante: 

Mi alma glorifica al Señor,
y mi espíritu se regocija en Dios
mi Salvador, porque ha mirado 
la humilde condición de su sierva (Lc 1,46-48).

1) EL AUTOR

De acuerdo con los manuscritos griegos y la tradición el Magnificat fue compuesto por María, que lo pronunció en el momento de visitar a Isabel. María debió asistir, sin duda, con la mayor asiduidad, a la sinagoga, donde escuchaba las lecciones sobre las Sagradas Escrituras y, dada la memoria proverbial de los semitas, es lógico que se le quedaran grabados muchos textos bíblicos. Según algunos manuscritos de la Vetus Latina del siglo V al VIII y algunas versiones orientales fue dicho por Isabel. Hay quienes dicen que el autor es Lucas y otros que es un himno anónimo prelucano que Lucas pone en labios de la Virgen, al ser, en efecto, un fiel retrato de la Señora, de lo que ella era y proclamaba con su vida. Algunos, en fin, afirman que los autores fueron los "anawim", judíos convertidos al cristianismo, hijos y sucesores de los famosos "pobres de Yahvé" que constituyeron el núcleo del pueblo que permaneció siempre fiel al Señor a partir de las vicisitudes y los infortunios del destierro babilónico.

Probablemente la autoría del himno haya que buscarla en la comunidad lucana, primera e inmediata destinataria del evangelio, una comunidad de pobres, diferente a la de San Mateo compuesta por feligreses ricos y acomodados. Basta observar la primera bienaventuranza lucana: “Bienaventurados los pobres” y la de Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”, los que, teniendo riqueza, vivan desprendidos de los bienes, con el corazón alejado de lo material. Aquí reside la razón por la que el Magnificat proclama las justas reclamaciones de los que carecen de lo más elemental y necesario.

2) HIMNO BÍBLICO, RELIGIOSO Y SOCIAL

El Magnificat es un himno enteramente bíblico elaborado con textos de la Biblia, hasta tal punto que apenas tiene originalidad; es un salmo de acción de gracias parecido a muchos que contiene la Biblia. Este himno del cristianismo primitivo, autónomo e independiente, fue adaptado por el evangelista para encajar en el contexto de su obra y es, al propio tiempo, una especie de prólogo o anticipo del evangelio, como la visagra que une el Antiguo y el Nuevo Testamento. El autor utiliza el método derásico y actualiza los textos veterotestamentarios, para expresar una honda piedad; está lleno de Dios, de amor a Dios y de amor a los hombres. Viene a ser la culminación de la esperanza de Israel. Es la expresión viva del Israel Antiguo del que la Virgen es hija, y lo es asimismo del Israel Nuevo, del que la Virgen es madre. María representa a los pobres de Yahvé que esperaban su liberación.

El Magnificat es el canto de un alma religiosa que ha meditado profundamente las maravillas que Dios ha realizado en la historia de la salvación y que culminan en la Encarnación del Hijo de Dios. Un himno que nos presenta a la Virgen en actitud orante. Pero ella no pide nada. Ella alaba, agradece, da gracias y constata la realización del plan liberador de Dios. Una liberación ya realizada en el pasado y que se presenta como una garantía de que se seguirá haciendo en el futuro.

Es el canto de la Señora, orante y contemplativa, alegre y gozosa en el Señor y al propio tiempo, comprometida con los problemas sociales que afligen a la humanidad. Y es que los contemplativos llevan en su corazón, como nadie, el sufrimiento de las injusticias sociales.

Desde el punto de vista religioso, el himno presenta a Dios como el Salvador, el misericordioso, el fiel, el leal siempre a su palabra, a su compromiso de ayudar y proteger al hombre. Lo religioso y lo sociopolítico son las dos dimensiones del himno. Por eso, es un himno modélico, pues tan malo es reducirlo todo a lo espiritual y religioso, como someterlo a lo social y político. La criatura humana tiene la obligación de cultivar su vida espiritual y de no olvidarse de la vida social y política en la que está inmerso y de la que no le es permitido prescindir. Y eso es el Magnificat: un manifiesto de liberación integral, espiritual y social, válido para todos los tiempos. Un himno revolucionario, en el sentido noble y bíblico de la palabra, “el himno de la gran revolución de la esperanza”, pues postula el cambio de una situación injusta, tanto en el orden espiritual como en el social y político. 

Esta doble dimensión del himno está presente en sus dos partes bien diferenciadas. En la primera (2,47-50), que se refiere directamente a María, se habla de las maravillas que Dios ha hecho en ella, que hizo en el pasado y que seguirá haciendo en el futuro, así como su respuesta de gratitud y de alabanza. Se pone de relieve, por un lado, la grandeza de Dios, su santidad, su misericordia, su obra de salvación, y, por otro, la fe y la entrega generosa de María, como humilde esclava, a los planes de Dios, y todo esto es substancialmente religioso.

En la segunda parte (2,51-55), referido a las proezas que Dios ha realizado en su pueblo y que seguirá realizando en todos los pueblos de la tierra, se habla del rechazo y derribo de los soberbios, del destronamiento de los tíranos, del despojo y empobrecimiento de los ricos, del enriqueci­miento de los pobres. Y todo esto supone y significa la revolución social, llevada a cabo por Dios, movido por su misericordia infinita. El sentido netamente social, económico y político del contenido es evidente” (La Virgen María, o. c., pg. 31).

3) COMENTARIO

a) Primera parte: 2,47-50

"Glorifica mi alma al Señor, se regocija mi espíritu en Dios mi salvador" (2,47).

Al verbo megalynei, se le debe atribuir la significación de "glorificar" (Cf He 5,13; 10,46;19,17). Refiriéndose a Dios, no es posible tomarlo en la significación etimológica de hacer grande, de hacer poderoso a Dios. Porque, la pequeñez de la criatura no puede hacer más grande y poderoso a quien ya lo es de manera infinita. Glorificar a Dios, además de la idea de alabanza (Sal 34,4), expresa la de reconocimiento y proclamación como dueño y señor del mundo. La criatura humana, glorificando al Señor, reconociendo que se lo debe todo, que es su Dios, el único soberano de cuanto existe, puede dar gloria a su Creador. Glorificar a Dios es proclamar su gloria, es decir, su divinidad. No se trata, pues, solamente de proclamar, que Dios es grande, las grandezas del Señor, sino de confesar privada y públicamente su divinidad.

El verbo egalliasen tampoco se puede traducir simplemente por "se alegra”, pues significa algo más, o mucho más; expresa regocijarse, exultar, saltar de júbilo, estar lleno de gozo (Cf Lc 1,44; 10,21; He 16, 34). Hace referencia a una alegría desbordada (Sal 9,3). El Magnificat es una celebración gozosa y exultante de la Encarnación del Verbo en María como Salvador del mundo. María lo celebra con gran regocijo; y así también el creyente se llena de gozo y de alegría, se siente salvado, liberado de todos sus pecados por el que se hizo hombre y, en la cruz, quita los pecados del mundo (Jn 1,29.35). San Lucas aplica a Jesús, ya desde su nacimiento, el título de salvador: "Os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor" (Lc 2,11). Jesús vino, no a condenar al mundo, sino a salvarlo (Jn 3,17). La liberación y la salvación que Dios hizo de su pueblo en el pasado y cuyo paradigma es el Éxodo, culmina en Jesús, portador de la salvación universal. Dios sólo ha querido y sólo quiere realmente: “Que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4).

Dios lo ve todo y nos mira a todos: “porque ha mirado la pequeñez de su esclava, desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones" (2,49), pero a la Virgen la ha mirado, y la observa, ha fijado su mirada en ella (epéblepsen), en su pequeñez: tapeinosis, que significa bajeza, pequeñez, baja condición social, pobreza, inferioridad, humildad, humillación. En los LXX, se traduce por "humillación" y se refiere fundamentalmente a la esterilidad que era para la mujer una vergonzosa humillación. Agar se libró de la humillación con el nacimiento de Ismael (Gn 16,11); Lía con el de Simeón (Gn 29,32); Ana con el de Samuel (1 Sam 1,11); Isabel con el de Juan (Lc 1,25). No creo que esto se pueda aplicar a la Virgen y traducir tapeinosis por humillación, pues, para ella no era humillación alguna el hecho de no tener hijos, era soltera y estaba desposada. Hay que traducirla por pequeñez, baja condición social, la clase de los pobres, que, por serlo, son también humillados y excluidos y a la vez los preferidos del Señor: "Tu amor será mi gozo y mí alegría, porque te has fijado en mi miseria" (Sal 31,8). A esa clase, social pertenecía la Virgen. Seguramente María pensaba también en su pobreza radical; ella no puede comprender que su pequeñez pueda ser objeto de tanta grandeza. Y ahí está justamente su grandeza, en el concepto tan bajo que tiene de sí misma en todos los órdenes, lo que manifiesta el altísimo grado de humildad en el que vive, pero que no proclama. En esa bajeza de María, están representadas todas las bajezas de los pobres y de todos los olvidados y desposeídos del mundo.

Dios fijó sus ojos en María y la llenó de dones, la mirada de Dios viene siempre rebosante de gracias y bondades; y, por estos dones, desde ahora todas las generaciones venideras la llamarán bienaventurada (Cf Mal 3,2). Y es elegida por Dios, para ser la primera y la más bienaventurada de todas las criaturas por haber sido la más favorecida. El "desde ahora", peculiarísimo de Lucas, marca un rumbo nuevo, un cambio radical: "Desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5,10; 12,52; 22,18.69; He 18,6). "Desde ahora", momento culminante de la historia, ­comienzan las grandes y largas letanías alabando a la Virgen; Isabel al saludar a la joven madre que había corrido a verla en cuanto supo la gran noticia, la llamó bendita entre las mujeres (Lc 1,42), porque bendito era el fruto de su vientre y después dichosa la que ha creído. Son dos bendiciones que tienen origen y referencia en la anunciación y conti­nuadas por todas las edades a partir de la voz entusiasta que salta entre la muchedumbre del evangelio: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron" (Lc 11,27). Y ahora, en la visitación, evocado aquel momento en el saludo, la fe de María se suscita, se afianza y se hace expresión, como dice el Papa en la Redemptoris Mater: “Lo que en el momento de la anunciación permanecía oculto en la profundidad de la "obediencia de la fe", se diría que ahora se manifiesta como una llama del espíritu clara y vivificante. Las palabras usadas por María en el umbral de la casa de Isabel constituyen una inspirada profesión de su fe, en la que la respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la elevación espiritual y poética de todo su ser hacia Dios. En estas sublimes palabras, que son al mismo tiempo muy sencillas y totalmente inspiradas por los textos sagrados del pueblo de Israel, se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre” (RM, 36).

La Virgen glorifica al Señor, "porque el Poderoso ha hecho en mí maravillas, su nombre es Santo" (2,49), no sólo por haberse fijado en ella, sino por las obras que ha hecho en ella y por ella: el cumplimiento del proyecto eterno de salvar al mundo. Dios ha realizado hechos grandes en su pueblo, entre los que Israel destacó tres: La liberación de la esclavitud de Egipto, la posesión de la tierra prometida y la vuelta del exilio de Babilonia. "Tu Dios ha hecho por ti cosas grandes" (Dt 10,21), "ha hecho maravillas" (Sal 98,1). Esas maravillas han culminado en la tarea más alta: la Encarnación del Verbo, cuya misión es liberar, no ya a Israel, sino a toda la humanidad de la esclavitud del pecado. El nombre de Dios es el Supremo, el Santo (Lev 20,3; Sal 103,1; Ez 20,39; 36,21). Dios es el tres veces Santo (Is 6,3), el Santo por excelencia (1 Sam 6,20; Sal 93,3; Os 11,9), el Único Santo(Si 18,2), es Santo y Santificador (Lev 20,7: Ez 20,12). El nombre de Dios, que ahora llevará Jesús, hizo a María plenamente santa, enteramente consagrada al Señor.

Y su misericordia para todos sus fieles de generación en genera­ción (2,50). La misericordia de Dios llena la tierra (Sal 33,5) y es eterna (103,17). Dios, que es "bueno y misericordioso con los que lo invocan" (Sal 86,5), "otorga su misericordia a millones de generaciones" (Jer 32,8), continuamente (Sal 52,1), a todos los humanos de todos los tiempos (Sal 89,1; 33,11). La miseria del hombre encuentra siempre en Dios la misericordia. La historia bíblica está llena de infidelidades huma­nas y de perdones divinos, porque el amor todo lo perdona, todo lo aguanta, todo lo excusa, todo lo tolera (1 Cor 13,7). Dios es amor, tiene una naturaleza de amor (1 Jn 4,8) y el amor se ejerce en la misericordia. Dios ama con amor eterno (Jer 31,3).

“Fieles”, en griego, phoboumenoi, indica personas religiosas, piadosas que respetan, adoran, reverencian, dan culto a Dios y confían en Él (He 16,14; 17,4; 13,43). Flavio Josefo menciona a los "temerosos de Dios" (Ant XIV,110), diferentes de los judíos. La misericordia de Dios es universal, para judíos y no judíos; basta con que el que la recibe quiera aceptarla, como venida de Dios en el que cree. 

b) Segunda parte: 2,51-55

"Despliega el poder de su brazo y desbarata los planes de los soberbios” (2,51).

Los verbos están en pasado, con valor de presente y futuro; se trata de un pasado en aoristo gnómico que expresa el modo ordinario del proceder de Dios. Dios en el pasado ha dado grandes muestras de poder, realizando portentos, como muestra la Biblia. "El brazo" es el símbolo de esa omnipotencia divina (Ex 6,6; Dt 4,34; 1 Re 8.42; 2 Re 17,36; Is 59,9-10: Sal 89,11). 

La traducción literal no es exactamente "los planes de los soberbios"; podría ser: "Los altaneros de mente y de corazón", de pensamientos y de sentimientos, es decir, los que a sí mismos se juzgan superiores a todos, los que menosprecian y oprimen a los demás, pues los soberbios se hacen siempre opresores y tiranos. A todos ellos, Dios los desbarata y los dispersa, como un día hizo con los constructores de la torre de Babel (Gn 11,8-9). El soberbio repugna tonto a Dios como a los hombres: "La soberbia es odiosa delante del Señor y de los hombres, para los dos la injusticia es un delito (Si 10,7). "No se creó el orgullo para el hombre" (10,18). "Dios amenaza al maldito soberbio" (Sal: 119,21). La Biblia dice que el rey -los que mandan- "debe leer todos los días de su vida la ley de Dios... para que no se crea superior a sus hermanos" (Dt 17,19-20). Todos los soberbios recibirán de Dios el castigo merecido por proceder con orgullo (Sal 31,24). "El Señor derriba la casa de los soberbios" (Prov 15,25). "El preludio de la ruina es el orgullo, el principio de la caída el espíritu altanero" (Prov 16,18; Is 4,3.20; 37,26-29; Ez 28,6-10; Dan 5,24­-30).

"Derriba a los tiranos de sus tronos y ensalza a los humildes" (2,52). Dios destruye a los poderosos (dynatai), a los que mandan con abuso del poder, a los que lo ejercen despóticamente, a los tiranos. Toda dictadura, de cualquier signo, profana, civil o religiosa, es condenada por Dios, pues esclaviza y oprime a los que caen bajo su dominio. Los tiranos son derribados por parte de Dios y de los nombres. 

Dios está al lado de los humildes y de los pobres (Is 57,15; Job 5,11; Sal 10,17) y contra los opresores (Job 12,18; Sal 135,l0). Su mano engrandece a los pequeños y empequeñece a los grandes. "El Señor arranca de raíz el trono de los poderosos y pone en su lagar a los humildes" (Si 10,14). 

Jesucristo, Dios hecho hombre, de la misma naturaleza gloriosa de Dios, se humilló de tal forma que sufrió la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó sobremanera por encima de todos los seres del cielo y de la tierra (Flp 2,6-I1). 

"A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (2,53). Dios enriquece a los pobres y empobrece a los ricos, como dice el Salmista: "Los ricos caen en la miseria y pasan hambre, pero a los que buscan al Señor nada les falta" (Sal 34,11). Los que siempre estaban hartos, pasarán hambre y los hambrientos comerán (1 Sam 2,5) "El Señor hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos" (Sal 146,6). Los ricos no son, sin más, los que poseen riquezas, sino los que se han enriquecido injustamente, hacen alarde de sus riquezas y no tienen caridad, reparto y solidaridad con los necesitados, "los que amontonan riqueza para sí" (Lc 12,21); "Ay de vosotros, los ricos, los que ahora estáis hartos, porque pasaréis hambre" (Lc 6,24­-25). San Pablo lo vio muy claro: "Los que quieren enriquecerse, caen en la mina y en la perdición, porque el amor al dinero es la raíz de todos los males" (1 Tim 6,9-10).

El mejor comentario a este versículo es la parábola del rico Epulón y Lázaro el mendigo. El rico inmisericorde es amante del dios Mammona, "amigo del dinero" (Lc 16,14); no hay resignación, desprendimiento y justo reparto. No se trata de revancha, de poner a los pobres en el sitio de los ricos y a los ricos en el de los pobres, sino de que haya justicia y distribución de la producción. La hartura de los ricos es el resultado del hambre de los pobres. El Magnificat postula la comunicación de bienes, el reparto equitativo de todos los productos de la tierra. Y así, los ricos tienen que bajar y los pobres subir. "Tuve hambre y me disteis de comer" (Mt 25,34). Jamás se identificó con los ricos y con los hartos, con los que cada día andan en banquetes y no son capaces de dar un pedazo de pan a los que se mueren de hambre también cada día. 

La Biblia está llena de referencias a la misericordia de Dios. “Eres mi siervo, Jacob a quien yo elegí, raza de Abrahán, mi amigo a quien dije: Tú eres mi siervo, yo te he elegido... yo soy tu auxilio y te sostengo" (Is 41, 8-10). "Aquí está mi siervo a quien protejo, mi elegido en quien mi alma se complace" (Is 42,1). Fue siempre misericordioso con su siervo como se lo prometió a Abraham y a su descendencia: "Tu serás una bendición. Por ti serán bendecidas todas las comunidades de la tierra" (Gn 12,3). Dios es el padre del amor y de las misericordias. 

María, que los representa, hace una alabanza de los pobres y expresa una idea utópica de la historia en la que la acción de Dios va a destruir a los ricos y orgullosos y encumbrar a los humildes. Los pequeños y los desposeídos ante la sociedad son los que atraen la protección de Dios. Esta es la didáctica de Yahvé. Por tanto, transformar el mundo, de acuerdo a este principio, debe ser el objetivo esencial del cristiano.

HIMNO DE LA LIBERACIÓN

La Virgen María, que pertenece a la clase de los desfavorecidos, enarbola la bandera de los pobres, es la voz de los oprimidos y emprende la defensa del necesitado, en marcha triunfal que reclama la libertad y la independencia; así, levanta su voz y entona el Magnificat en favor de los que sufren la injusticia, es el himno de la liberación. Augura el cumplimiento de todas las aspiraciones de las clases humildes, el deseo de salir de la pobreza y de la postración, el cumplimiento de sus justas reivindicaciones.

María, en el Magnificat, hace el canto de la manumisión de la esclavitud, el himno de los fueros de los débiles, entonado a través de la historia por las voces sometidas y humildes, mantenidas de rodillas por los opresores, se hace eco de las clases humilladas que la precedieron, las de su propia generación y las de todas las generaciones que siguen aplastadas y machacadas por los tiranos de los pueblos y por el ansia insaciable de los potentados, "que nunca se hartan de dinero" (Qo 5,9).

El Magnificat es como la conciencia crítica de una sociedad injusta y al mismo tiempo una alabanza a Dios que apuesta por los pobres sus más leales amigos y sus más fieles seguidores. La liberación de los marginados, el triunfo de los pobres, el rescate de todos los desfavorecidos de la tierra es un constitutivo esencial de la era mesiánica: "Decid a Juan lo que habéis visto: los pobres son evangelizados" (Lc 7.22). El Magnificat es uno de los textos bíblicos más importantes en la construcción de la teología de la liberación, pues la libertad que pro­clama no es algo abstracto reducido a la esfera del espíritu. Abarca todas las realidades humanas. Denuncia las situaciones injustas y anuncia un futuro venturoso para los excluidos del bienestar, la emancipación de los pobres. Jesucristo, que quiso pertenecer a la clase de los pobres, ha venido a evangelizarlos y a liberarlos de su pobreza. Y ese futuro es imparable. En su Reino, no hay, ni puede haber, esclavitud. El Magnificat es un canto profético denunciador de injusticias y anunciador de bienandanzas y de libertades de verdad, “conoced la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32); señala el venturoso cambio sociopo­lítico que postula el Evangelio de Jesús, la revolución social, la utopía de un mundo sin clases, la implantación de la justicia. Y eso es Dios: "El Señor de nuestra justicia" (Jer 23,6).

La libre salida debe ser impulsada por las mismas huestes de los olvidados y sometidos que cuentan siempre con el poder de Dios; pues Dios siempre elige a las pobres y a los insignificantes, a los que carecen de relieve social. Lo hizo antes, lo hace ahora y lo seguirá haciendo en el futuro: "Considerad hermanos, vuestra vocación: no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; Dios eligió lo que el mundo tiene por necio para humillar a los soberbios; lo débil para humillar a los fuertes; lo vil, lo despreciable, lo que es nada, para anular a los que son algo, para que nadie presuma delante de Dios" (1 Cor 1,26-29).

En fin, el Magníficat, en adelanto misterioso y profético, anticipa el contenido profundo y misericordioso que luego el Hijo va a predicar a la muchedumbre en el monte; en boca de la Madre, resuenan con fuerza las bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, los oprimidos, los marginados… y las malaventuranzas: Pero, ¡Ay de vosotros los ricos, los opresores, los hartos, los instalados!.. (Lc 6,20-26) que San Lucas presenta en relación mutua, coordinadas por la conjunción adversativa, mediante dos perícopas de equivalencia dinámica. Las primeras muestran el camino del Reino, abren las puertas del cielo; las maldiciones, la ruta de la perdición y del infierno. Lo que se debe practicar y aquello que se ha de evitar.

 

 EVANGELIO DE SAN JUAN

 

I. PRÓLOGO. 
 

Sobre la Virgen María, San Juan aporta tres pasajes de gran interés: 1º) El prólogo 1,13-14; 2º) Las bodas de Caná 2, 1-11; y 3º) Al pie de la cruz 19, 25-27. En ellos centramos nuestra atención. San Juan, discípulo a quien Jesús proclamó “hijo” de María, cuando se la confió desde la cruz, expresa su solicitud y predilección por la Santísima Virgen y, así, le concede gran preeminencia en sus páginas. Todo su evangelio está abrazado por la Madre del Señor: con ella lo comienza y con ella lo termina.


Y el Verbo se hizo carne, 
y habitó entre nosotros
y nosotros hemos visto su gloria,,
gloria cual de Unigénito, del Padre,
lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14).


El Verbo viene al mundo y se hace hombre por medio de su Encarnación. De modo que teniendo la naturaleza de Dios,…se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres (Fil 2,6). Carne, en el sentido bíblico, significa “carne” con vida, es el hombre entero, con la fragilidad y condicionamiento inherente a la realidad de criatura (Sal 56, 5). María hace carne de su carne al Verbo, la Palabra de Dios, que existiendo desde el principio, pues vive y es en la eternidad, viene al mundo en la temporalidad; el Verbo que es descrito en su existencia eterna: “era” “existía” (1,1), actúa en un tiempo histórico: “se hizo”; a la duración eterna sucede el acto temporal: se hizo carne; es el momento en que una virgen dará a luz un hijo a quien ella pondrá el nombre de Emmanuel (Is 7,14). Una virgen que acepta gustosa con un sí incondicional y, proclamándose esclava del Señor, concibe y es madre. La encarnación entraña en sí dos conceptos de orden superior que se proclaman en la profesión de fe tradicional: “Natus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine” (nació del Espíritu Santo y de María Virgen). Es doctrina incuestionable de los evangelios: María es auténtica madre de Jesucristo y fue y es virgen. En su seno anidará el Verbo, el Hijo de Dios. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5). 

María da a luz al Unigénito del Padre, el Hijo Único de Dios. El Verbo se hace carne por generación divina; no de sangre, ni de voluntad de hombre, sino de Dios fue engendrado (Jn 1,13). Es descrito con los rasgos del Mesías del A.T. (Is 7, 14; 9,5-6; 2 Sm 7,9.13). Jesús es Dios y viene de Dios. Será grande y llamado Hijo del Altísimo, dignidad que marca la íntima unión que tiene con el Padre. 

El Concilio Vaticano II, en el capítulo VIII de la Constitución Dogmática “Lumen gentium” que dedica a la Virgen, dice: «Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludad